Acabo de terminar de ver la serie canadiense «Empatía» en Movistarplus+ y me ha parecido espectacular. Me ha gustado especialmente el tratamiento que se hace de la verdadera empatía. La protagonista, una psiquiatra joven que empieza a trabajar en un centro psiquiátrico después de una tragedia personal, es un ejemplo de persona empática y al mismo tiempo firme, clara y asertiva.
Muchas veces creemos que ser empáticos es no decir algo incómodo a otra persona, como por ejemplo dar un feedback directo sobre alguna actitud que consideramos que la otra persona debe mejorar o cambiar porque la está causando un gran perjuicio. O edulcorar dicho feedback para no hacer daño al otro. También pensamos que las personas empáticas deben ceder ante las peticiones o propuestas de los demás, y que deben volcarse en ayudar a los demás a costa de su propio bienestar. También, a menudo creemos que una persona con una comunicación directa, clara y firme es una persona poco empática, porque a veces dice cosas que pueden herir a los demás. Sin embargo, todo esto es erróneo.
Kim Scott, autora del libro «Radical Candor» y ex-directiva de Google y Apple, defiende que cuando adoptamos las conductas anteriores (edulcorar las cosas incómodas que percibimos, ceder ante los demás, callarse y no dar un feedback crítico) estamos cayendo en lo que denomina empatía ruinosa, o lo que es lo mismo, un exceso de empatía. Esta empatía es ruinosa porque no soluciona los problemas, no aborda las situaciones con claridad y coraje, y por tanto, no conduce a ningún resultado positivo, sino a que las cosas sigan igual.
La empatía, por tanto, no está reñida con la contundencia y la honestidad, sino más bien al contrario. No decirle a una persona a la que apreciamos que debe cambiar una conducta o actitud que la está haciendo sufrir a ella y a los demás, o que está limitando gravemente su potencial o sus objetivos, no es empatía, sino lo contrario.
Ser sincero, y si es necesario decir algo incómodo sin rodeos, sí es empático porque demuestra una preocupación auténtica por el bienestar de la persona.
La protagonista de la serie «Empatía» sorprende por no andarse con rodeos, pero nunca habla con agresividad ni a sus pacientes ni a sus compañeros del hospital. Tampoco se altera emocionalmente cuando la critican, la atacan verbalmente (e incluso físicamente alguna vez) y cuestionan sus decisiones, es decir es capaz de gestionar sus emociones, que es una habilidad clave para comunicarse con asertividad y empatía. Sin embargo, cuando existe un problema u observa un comportamiento cuestionable, aborda la conversación difícil directamente, combinando con gran inteligencia la asertividad con la empatía. Observarla en sus interacciones es toda una lección de comunicación efectiva e influyente.
Para mí, esa es precisamente la fórmula de la comunicación efectiva: asertividad + empatía. La asertividad tiene que ver con comunicar lo que pensamos, percibimos, sentimos, necesitamos y proponemos con total sinceridad y claridad, pero sin agresividad. O lo que es lo mismo, evitando al máximo nuestros juicios, asunciones y generalizaciones y centrando la conversación en los hechos y conductas observables, como siempre nos invitó a hacer el gran maestro Marshall Rosenberg, creador de la herramienta de Comunicación No Violenta. Mientras tanto, la empatía tiene que ver con escuchar al otro, tratar de comprender sus necesidades e intereses, darse cuenta de cómo se siente, y respetar sus opiniones, percepciones y propuestas, aunque no estemos de acuerdo con ellas.
Si sólo nos enfocamos en la parte de la asertividad evitando la empatía, la comunicación no funcionará. Y lo mismo si somos muy empáticos pero evitamos transmitir con claridad lo que pensamos y sentimos. Así que es una moneda de doble cara. La una necesita de la otra para completarse.
Daniel Goleman, otro gran experto y referente absoluto en el campo de la inteligencia emocional, dice que la empatía es la capacidad para comprender las necesidades y emociones de los demás, y tratar de cubrirlas en la medida de nuestras posibilidades. Por tanto, para Goleman la empatía se compone de dos elementos: necesidades y emociones. Si queremos demostrar empatía, sólo tenemos que interesarnos activamente por cómo se siente y qué necesita una persona. Pero por otro lado, muchas veces detectamos que esa persona lo que realmente necesita es que alguien le diga la verdad sobre una situación o conducta con la que está perjudicando a los demás y a sí misma. Si nadie se atreve a decírselo, creyendo erróneamente que eso es empatía, estará permitiendo que dicha persona continúe con una venda en los ojos, generando dolor en todo su entorno.
¿Cómo hacemos más daño a una persona, cuando le decimos claramente que sus decisiones o conductas están generando un daño a sí misma y a los demás, o evitando decirle nada pensando que vamos a herirla?
No cabe duda que con lo primero (decir claramente lo que percibimos sobre su conducta) la persona se puede sentir herida porque a nadie le agrada que le muestren sus partes oscuras, pero a largo plazo es posible que la hagamos un gran bien, si reconoce su debilidad o error, y asume la responsabilidad de trabajar en ello. Lo segundo (evitar decirle nada por miedo a herirla en el momento) es empatía ruinosa, es decir, no es auténtica empatía. De hecho, yo diría que tiene mucho más que ver con el miedo al conflicto y el deseo de complacer a los demás, y no con la empatía. Es decir, no confundamos el deseo de agradar y el deseo de complacer a los demás con la empatía, porque no tiene nada que ver. Si nos importa el bienestar de nuestros hijos, padres, hermanos, compañeros del trabajo y amigos, debemos afrontar estas conversaciones difíciles. Lo contrario, que suele ser muy habitual, es contribuir a una armonía artificial y falsa, y como decía antes, a que las situaciones complicadas y dolorosas continúen o incluso empeoren.
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JAVIER CARRIL
Coach MCC y conferenciante
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