Dice Milan Kundera en su último libro “La fiesta de la insignificancia” que ante el mundo, sólo queda una posible resistencia: no tomarlo en serio. La risa es un antídoto para la ansiedad, la preocupación, el estrés o la tristeza. Es sin duda un bien escaso en el mundo en que vivimos, tan lleno de crispación, irritabilidad e indignación. Y deberíamos tomarnos muy en serio reírnos más, porque toda nuestra vida y nuestro trabajo se transformaría, y también nosotros mismos. Al fin y al cabo, nuestra experiencia se basa en una percepción subjetiva de la realidad, y por tanto el observador que somos moldea y distorsiona la realidad, de una forma u otra.

1. Reírnos de nosotros
En primer lugar, y quizá uno de los retos más difíciles que tenemos todos, debemos aprender a reírnos de nosotros mismos. Nos tomamos demasiado en serio, pensando que somos el ombligo del mundo, que somos muy importantes, cuando la realidad es que somos bastante pequeños si tenemos en cuenta que somos uno de los más de 7000 habitantes que vivimos en el planeta tierra, que por cierto es muy pequeñito, y que se encuentra en la Vía Láctea, que es sólo una de las 100 billones de galaxias que existen en el universo.

Esta actitud ignorante de creernos el centro del universo hace que nos enfademos por cualquier cosa que nos hacen o dicen, que nos culpemos y desesperemos cuando cometemos un error, que magnifiquemos situaciones que afectan a nuestro ego, poniendo por delante nuestro orgullo y compitiendo por tener razón y convencer al otro de nuestras razones, en lugar de disfrutar de su compañía. Nos tensamos por ideas preconcebidas sobre el éxito, ideas que hemos comprado a lo largo de nuestra vida o carrera profesional, y nos llevan a estresarnos si no alcanzamos lo que socialmente se espera de nosotros. Las consecuencias de todas estas conductas es una gran rigidez ante la vida, una incapacidad para disfrutar de las experiencias que cada momento el mundo pone ante nuestros ojos, y desde luego una irritabilidad y ansiedad exageradas ante las demandas de nuestra vida. En definitiva, no vivimos.

Es necesario reírnos de nosotros, de nuestras debilidades, de nuestros errores, de nuestra imperfección. Es la única vía para ir más ligeros de equipaje y convivir de forma más tranquila con nosotros. Porque lo que suele suceder es que no nos soportamos a nosotros mismos, y vivir con uno mismo así es un auténtico calvario. Podemos escapar de todos y de todo, pero no de nosotros. Aunque viajemos a miles de kilómetros y nos alejemos de todas las personas que nos conocen, siempre llevaremos con nosotros a nuestro yo. Si uno se toma poco en serio, se reirá mucho más en el día a día, disfrutará de las pequeñas cosas y de las grandes cosas, y detectará oportunidades que otros, sumidos en la bronca o la desesperación consigo mismos o con los demás, no serán capaces de ver. En el fondo estamos hablando de aceptarnos como somos, y disfrutar de la vida tal y como es.

2. Reírnos de nuestros problemas.
Tampoco debemos tomarnos demasiado en serio los problemas que tenemos, o los que tienen nuestras personas queridas. Si miramos todo con cierta perspectiva, la que dan unos cuantos años después de haber vivido una determinada experiencia, nos daremos cuenta de que todo es relativo, de que una experiencia muy dolorosa puede haber sido la semilla de otras experiencias positivas y a veces esenciales para ser quien somos hoy. Ya lo decía Steve Jobs en su famoso discurso en Stanford sobre conectar los puntos. Cuando conectamos dos puntos (experiencias, hechos…) muy lejanos en el tiempo y que aparentemente no tenían ninguna conexión, entendemos todo con mayor lucidez, y nos damos cuenta de que dimos una importancia exagerada a aquella experiencia, sea de éxito o de fracaso. Al fin y al cabo, ¿Qué es el éxito? ¿Qué es el fracaso?

No hay verdades absolutas, y por tanto debemos reírnos de nuestras certezas y de nuestras verdades, porque no son reales. En mi caso, lo que hace 10 años consideraba una certeza, hoy ya no lo es, y lo que considero seguro hoy, dentro de un mes habrá dejado de serlo. Cuando tratas de reencuadrar con perspectiva cualquier experiencia o situación difícil, todo se mueve con mayor fluidez, y empiezas a comprender muchas cosas que antes ni te las habías planteado, y como consecuencia, comienzas a reirte más a menudo.

3. Reírse con los demás.
Si te ríes de ti mismo y de tus problemas y certezas, te aseguro que de forma natural vas a reírte mucho más con los demás: con tus hijos, tus amigos, tu pareja, tus compañeros de trabajo. Y de pronto la vida cambia de color. Lo que antes era gris o negro, ahora es azul, verde o amarillo. Es como si te hubieras cambiado de gafas para ver el mundo. Y los demás, lógicamente, querrán estar más cerca de ti, querrán dejarse influenciar más por ti, y a veces querrán seguirte adonde vayas. Te habrás convertido en una persona influyente, en un líder. ¿Quién dijo que convertirse en un líder era una tarea pesada o dura? Nada más lejos de la realidad. Es realmente divertido.

Dime, ¿Crees que te ríes lo suficiente? Piénsalo un momento. ¿Sueles reírte, bromear, sonreír frecuentemente? Quizá te tomas la vida demasiado en serio, tal vez te tomas a ti mismo/a demasiado en serio. Si no te ríes mucho, en primer lugar plantéate estas 3 preguntas. Este es sólo el primer paso:

– ¿De qué podrías estar agradecido o agradecida en tu vida? Piensa en algo que te haya ocurrido en la vida por lo cual estés agradecido/a.
– ¿A qué persona o personas podrías agradecerle algo importante?
– ¿Recuerdas un pequeño momento positivo o feliz que hayas vivido hoy? Puede ser una comida con un amigo, o haberte reído con tu hija, o haber visto una buena película. Ahora, da las gracias por este pequeño momento de hoy.

Si practicas a menudo el agradecimiento, estarás más preparado/a para empezar a reírte de los 3 motivos que he mencionado. ¡A vivir y a reír!

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sobremi

JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.