A menudo escucho expresiones como “Qué mala suerte tengo”, “¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?” “Qué injusta es la vida conmigo”, o “Estoy harto de mi trabajo pero no puedo hacer nada para cambiar la situación”. Si nos fijamos bien, este tipo de frases están dando por hecho que esas situaciones difíciles o dolorosas nos llegan sin motivo ni justicia, y que nosotros no tenemos ninguna responsabilidad en ellas. Es como si fueran externas, ajenas a mí y a mis decisiones o comportamientos.

Esa creencia fomenta a largo plazo una sensación de victimismo, además de una incapacidad para resolver la situación, precisamente por creer que el origen está fuera de nuestra influencia o causalidad directa. Es realmente peligroso porque desemboca en culpar a los demás de mis problemas, y por tanto genera resentimiento y deteriora nuestras relaciones, aumentando como un círculo vicioso el victimismo y el rencor.

Pero ¿Y si todo lo que nos sucediera tuviera una causa clara y nítida? ¿Y si esa causa fuera nuestra actitud, nuestro comportamiento y nuestras decisiones? Desde luego, todo sería mucho más fácil de resolver, ¿No? Porque estaría en lo que Stephen Covey llamó “nuestro círculo de influencia”. Sin embargo, reconocer esto puede llegar a resultar abrumador y durísimo para una persona acostumbrada a echar balones fuera y a culpar a los demás o a circunstancias externas de sus problemas.

La clave de todo es que, aunque nos parezca increíble, estamos siempre eligiendo. Elegimos qué hacer en cada instante, con quien relacionarnos y de qué manera, qué actitud tomamos ante las cosas, en qué empresa trabajamos y cuantas horas, y miles de decisiones más cada día. Lo que sucede es que la mayor parte de esas decisiones no son conscientes, sino inconscientes. Vienen del llamado modo mental automático, que es nuestro modo habitual de funcionar, condicionado por patrones, sesgos, prejuicios y carencias emocionales que tenemos integradas en nuestro inconsciente. Así, nuestra conducta diaria está programada por todos esos condicionamientos, pero eso no significa que no elijamos, sino que no somos conscientes de dichas elecciones.

Por ejemplo, si necesitamos cariño y aceptación por parte de los demás, nos costará poner límites y “decir no” a los demás, permitiendo que muchas veces invadan nuestro terreno y abusen de nuestra confianza. En ese ejemplo, no podemos culpar a los demás de haber abusado de nuestra confianza, debemos mirar hacia nosotros y resolver esa carencia emocional, con el fin de poder tomar otras decisiones, esta vez sí desde la consciencia.

Otro ejemplo típico es estar atrapado en un trabajo que no me motiva. En lugar de quejarme de mi situación y hacerme la víctima, debo reconocer que si sigo en mi trabajo es porque, aunque sea inconscientemente, lo estoy eligiendo yo, porque prefiero tener seguridad y un sueldo fijo, a verme abocado al riesgo de estar en paro, de quedarme sin ahorros, y que mi familia no tenga las necesidades mínimas cubiertas. Por tanto, es una elección mía, y es fundamental que lo reconozca.

No estamos acostumbrados a ver más allá, a mirar las consecuencias a medio y largo plazo que tienen nuestra conducta, nuestra actitud diaria y nuestras microdecisiones. El problema es que tienen muchas consecuencias, y cuando nos topamos bruscamente con ellas, entonces nos quedamos en estado de shock, sin entender absolutamente nada, y cayendo en el estado victimista y culpabilizador que comentaba al principio. Es como si fuera la única salida a ese estado de shock y confusión, aunque lamentablemente lo que hacemos es encerrarnos aún más en ese callejón sin salida.

La única solución es darle la vuelta a nuestro modo habitual de analizar las cosas. Volver la vista hacia uno mismo y preguntarse de qué forma he contribuido yo a crear esa situación conflictiva o difícil en mi vida, con qué actitudes o comportamientos, y desde luego, cual es el patrón o carencia emocional que hay detrás de mi conducta (necesidad de seguridad, necesidad de cariño, miedo al dolor o al fracaso, etc.)

El fin de todo es elegir, pero de forma totalmente consciente mi actitud y comportamiento. Ya decía Viktor Frankl que esa posibilidad de elegir mi respuesta ante cualquier estímulo, por muy doloroso que sea, es la última libertad del ser humano. De hecho, es la única libertad que nada ni nadie nos puede arrebatar. Y precisamente ahí reside el concepto crucial de la asunción de responsabilidad, que consiste en dejar de mirar hacia fuera y empezar a mirar dentro de nosotros. Aunque puede parecer muy duro al principio, a largo plazo es la mayor fuente de poder que existe. Asumir la responsabilidad y reconocer que nuestras elecciones son la causa de todo lo que nos ocurre, es imprescindible si queremos vivir una vida plena.

¿Conoces mi Nuevo libro? “El hombre que se atrevió a soñar” 20 relatos de motivación y liderazgo. A la venta ya en las librerías más importantes y también por compra on line.

sobremi

JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.