Ayer terminé de impartir un curso de comunicación y liderazgo para una multinacional. Y volvió a aparecer la maldita Blackberry de por medio. El primer día varios de los participantes, ocasionalmente, salían de la sala para atender llamadas, durante la formación. Otros permitieron (por despiste o por estupidez) que sonara una llamada en la sala, desconcentrando a sus compañeros. Incluso alguno miraba sin ningún tipo de pudor sus correos electrónicos mientras estábamos debatiendo sobre uno de los temas del curso. ¡Increíble!

Al final de ese primer día, realicé una petición contundente a todo el grupo: al día siguiente debían evitar estas interrupciones, por una cuestión de respeto a sus compañeros y a mí mismo como formador. Y desde luego, por su propio beneficio, les dije. Si habían venido a un curso de comunicación y liderazgo, el modo más evidente de destruir todo aprendizaje era estar pendientes todo el rato de su Blackberry. Y también era el modo más obvio de demostrar que tenían graves carencias en comunicación.

¡Qué idea tan absurda pensar que la empresa se hunde si yo estoy dos horas sin atender mi correo electrónico! ¡Hasta qué nivel de estupidez llegamos, y qué grado de inmadurez personal tenemos!

Afortunadamente, mi petición dio resultado y al día siguiente todos estuvieron mucho más respetuosos y concentrados en el curso.

Aparte de la anécdota, y centrándome en la comunicación (temática del curso que impartí), el ser humano tiene la inevitable tendencia de ver la paja en el ojo ajeno. Es decir, la de pensar que los demás se comunican mal y yo no. Pero cuando nos paramos a reflexionar con honestidad, nos damos cuenta de que no empatizamos en absoluto con el otro, que no le escuchamos ni nos interesa lo que nos está contando. También nos damos cuenta de que siempre buscamos tener razón en lugar de entender el punto de vista del otro, que nuestro objetivo siempre es convencer (e incluso imponer nuestra opinión) en lugar de comprender.

Sin embargo, la clave es que con esa visión cerrada no logramos influenciar ni impactar ni liderar a nadie. Sólo podemos impactar en alguien si estamos dispuestos a entrar en su mundo y entenderlo. No hay otra forma, no hay otra regla. Empatizar, entender, escuchar y demostrar que escuchamos. Hace unos años descubrí estas simples reglas, y te aseguro que me han cambiado la vida.

Mírate a ti mismo/a. ¿Tratas de convencer al otro de que tienes la razón, y de contar tu visión de las cosas sin haber escuchado la visión de la otra persona? ¿O escuchas de verdad, no sólo con los oídos, sino con la vista y sobre todo, con el corazón? ¿Acaso priorizas el comprender y empatizar con el otro? Pararte a reflexionar sobre tu conducta (y no la de los demás) puede cambiarte también a ti la vida.

JAVIER CARRIL. Coach. Visita mi web: http://www.zencoaching.es/
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