La pasada semana asistí a un acto en el cual un profesor de liderazgo entrevistaba a Rafa Nadal sobre su forma de afrontar los retos y las dificultades, no sólo en la pista sino en la vida.

Nadal contó un momento crítico de la final de Wimbledon de 2008. Había empezado ganando los dos primeros sets, pero había perdido los dos siguientes, y aún peor, había desperdiciado la oportunidad de dos bolas de partido, que habrían significado su primer título de Wimbledon. Todo esto teniendo en cuenta que el año anterior había perdido la final ante Federer, el mismo rival. En ese momento, en un descanso, le dijo en los vestuarios a su entrenador: “Puede que no gane el partido, pero no voy a fallar”.

Esta frase resume la gran diferencia entre el error y el fracaso. Porque nadie fracasa si pone su máximo talento y esfuerzo en una tarea. Puede que se equivoque, puede que pierda, pero nunca fracasa.

Es también un síntoma de dignidad personal y profesional, de estar a la altura en todo momento, de no rendirse ni hundirse, de no fallarse a sí mismo. Es un ejemplo admirable de cómo la verdadera batalla la libramos con nosotros mismos, nunca con adversarios externos. Los rivales son la excusa necesaria, pero el verdadero desafío es con uno mismo.

Nadal dijo que en los entrenamientos, desde pequeño, su entrenador había sido muy duro con él. Cada vez que fallaba un golpe, le preguntaba ¿Por qué has fallado?…¿En qué has fallado?…Esta pregunta machacó el cerebro de Nadal durante muchísimos años.

En este sentido, Nadal decía: “Cuando te han preguntado 50.000 veces ¿En qué has fallado?, te acostumbras a pensarlo cuando estás solo, a darte cuenta. Aunque luego otra cosa sea saber qué hacer para no fallar. Pero al menos sabes por qué has fallado.”

El error es sano, porque aprendes de él y eso supone que la próxima vez lo harás mejor. El error se refiere a un comportamiento concreto. Sin embargo, el fracaso tiene que ver con la identidad de una persona. Por eso es peligroso usarlo con nosotros mismos y con los demás.

La única forma de fallarte a ti mismo es no hacer las cosas lo mejor que sabes en cada instante. Cuando pones el máximo empeño y concentración en un objetivo, cuando haces todo con la mayor pasión y dedicación, no te garantizas el hecho de conseguirlo, pero te aseguras lo más importante: no fallarte a ti mismo, haber estado a la altura, estar tranquilo con tu conciencia, saber que no has traicionado tu dignidad. Independientemente del resultado, habrá merecido la pena, habrás dado un ejemplo a todos los que te rodean. Y te convertirás en una referencia. Aunque te hayas equivocado.


JAVIER CARRIL. Coach. Visita mi web:
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