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Cómo comunicarse en un conflicto


Estarás de acuerdo conmigo en que nuestra vida está llena de situaciones conflictivas, tanto en el ámbito personal como en el laboral. Es algo inevitable, porque las personas chocamos al tener necesidades, ideas y valores diferentes con respecto a las personas con las que interactuamos (pareja, hijos, compañeros de trabajo, jefe, clientes).

Además de inevitables, los conflictos son muy necesarios y beneficiosos porque provocan que salga a la superficie lo que está oculto y que está dificultando una relación o un proyecto. Por tanto, no debemos tener miedo a los conflictos ni tampoco a generar situaciones incómodas o conflictivas por expresar lo que pensamos o sentimos, ya que es la única manera de avanzar hacia una vida auténtica y plena.

Sin embargo, enfrentarnos a un conflicto no es fácil, es desagradable y a veces traumático. Por eso, muchas veces la tentación es dejar que pase el tiempo a ver si las cosas mejoran o se solucionan solas, la tentación es no hablar o ir posponiendo la decisión para evitar sentir emociones dolorosas. Pero eso sabemos todos que normalmente empeora las cosas. Tarde o temprano explotan, y no de la manera más productiva.

Así que lo más recomendable es abordar los conflictos lo antes posible para evitar que se enquisten. La clave es cómo abordarlos de manera sana y efectiva. Obviamente, tenemos a nuestro alcance la comunicación como herramienta esencial de resolución de conflictos. Pero la clave no es simplemente comunicarse, sino que la clave está en cómo debemos comunicarnos en situaciones de conflicto para resolverlos de manera que ambas partes ganen y sientan que sus necesidades se cubren de manera más satisfactoria. A continuación, voy a compartir 5 pautas que recomiendan psicólogos expertos en gestión de conflictos como Marshall Rosenberg y que también forman parte del método de negociación de la Universidad de Harvard, el más prestigioso del mundo:

No entres en un debate absurdo de quién tiene la razón. Así no se resuelven los conflictos.

  1. Olvídate de tener razón. En un conflicto siempre creemos que tenemos la razón y la verdad. Y nos empeñamos demasiadas veces en tratar de convencer, o peor aún de imponer, nuestra razón. Y claro, la otra persona se empeña en imponernos su razón, generando el bloqueo en la comunicación y empeorando el conflicto. Olvídate de tener razón, deja aparcado tu ego. Lo cierto es que ninguna de las partes tiene razón y al mismo tiempo ambas partes tienen parte de razón, porque todo es cuestión de percepciones subjetivas. No entres en un debate absurdo de quién tiene la razón. Así no se resuelven los conflictos.
  2. Primero escucha y luego habla. Muy conectado con el primer punto, tendemos a hablar demasiado y no dejar hablar a la otra parte del conflicto, lo que va aumentando el enfado, la frustración y la agresividad. Si no escuchamos de verdad y con auténtico interés en entender a la otra persona, no esperemos que nos escuchen y nos comprendan. Primero escucha y luego habla. Al escuchar y dejar hablar a la otra persona, ésta se tranquiliza y desahoga, el tono de la conversación baja y en consecuencia, estará mucho más dispuesta a escucharte. Si ambas parten se escuchan sin interrupciones, el conflicto está más cerca de resolverse.
  3. Cambia los juicios por hechos observables. Cuando estamos secuestrados emocionalmente, no pensamos con claridad. Además, cometemos el grave error de asumir que nuestros juicios y evaluaciones subjetivas son hechos. Pero son sólo tus interpretaciones de los hechos. Cuando hablamos y explicamos nuestra posición con juicios constantes, generamos mucha más agresividad en el otro. Un ejemplo de juicio sería «Tú no me respetas» o «No me apoyas». El problema de estos juicios es que la otra persona te puede replicar: «¡Cómo me puedes decir esto! Por supuesto que te respeto, por supuesto que te apoyo». Esto genera más enfado y agresividad. En lugar de hablar con juicios, basa tu comunicación en conductas y hechos observables. Por ejemplo: «En las últimas tres reuniones, cada vez que defiendo que hay que reeducar los clientes, has dicho que tenemos que decirles que sí a todo lo que pidan». Esto sí es algo observable, ya que es algo que se ha podido escuchar, no sólo por uno mismo sino por el resto de personas que estaban en la reunión. Los hechos y conductas observables son difíciles de negar o de rebatir, mientras que los juicios y evaluaciones son fáciles de desmontar.

    En la mayoría de los conflictos, las necesidades de ambas partes están mucho más cercanas de lo que imaginan

  4. Negocia basado en las necesidades e intereses, no en las posiciones. Esta pauta es uno de los pilares del método Harvard de negociación. En un conflicto siempre debemos negociar. Sin embargo, si negociamos por posiciones (lo que está en la superficie) olvidándonos de lo que verdaderamente necesitamos ambas partes, estamos abocados a empeorar el conflicto. Un ejemplo típico es que en una habitación un hombre quiere la ventana abierta porque tiene calor y otro hombre quiere la ventana cerrada porque tiene frío. Si se empeña cada uno de ellos en defender su posición o postura y se olvidan de lo que verdaderamente necesitan, el conflicto empeorará y probablemente uno de ellos imponga su posición al otro, generando resentimiento y frustración. Pero en la mayoría de los conflictos, las necesidades de ambas partes están mucho más cercanas de lo que imaginan, y abordando claramente cuales son sus intereses resolverían el conflicto de forma satisfactoria para ambos.
  5. Haz propuestas claras y concretas. Cuando alguien nos dice «Te pido que me valores más en mi trabajo» ¿Es una petición concreta? O cuando decimos: «A partir de ahora te propongo que nos comuniquemos más para evitar malos entendidos» ¿Es clara y concreta la propuesta? La respuesta es un NO rotundo en ambos ejemplos. Cuando la propuesta o petición para resolver un conflicto no está comunicada con absoluta concreción, el conflicto no se resuelve y volverán los problemas en breve. Porque cada parte seguramente habrá interpretado de manera diferente lo que es «comunicarnos más» y esa diferente interpretación hará que vuelvan a tener conflictos. Se debe concretar qué significa «comunicarnos más». Una propuesta clara sería «A partir de ahora vamos a tener una reunión semanal de una hora para hablar de los proyectos que tenemos en marcha».

Estas pautas prácticas sin duda nos llevarán no sólo a resolver los conflictos vitales y profesionales que tenemos todos en nuestra vida, sino también a prevenirlos. Es importante para ello que integremos estos comportamientos aunque no exista ningún conflicto.

Escuchemos más, evitemos los juicios e evaluaciones subjetivas, indaguemos en lo que necesitan los demás, y hagamos peticiones y propuestas concretas.

Esto evitará que desgastemos nuestra valiosa energía en conflictos innecesarios, y que dediquemos nuestro tiempo a lo verdaderamente importante. Además, reduciremos el enorme estrés que nos generan los conflictos y podremos disfrutar de una vida más tranquila y feliz.

¿Merece la pena? Pues comienza con un micro-objetivo relacionado con las pautas que te he dado. O también puedes dar un gran paso apuntándote al próximo taller de Comunicación influyente que voy a impartir el próximo 29 de noviembre, donde aprenderás y practicarás las herramientas y técnicas clave de la comunicación efectiva. Pincha en el link a continuación para ver la información detallada de este taller. Taller de comunicación influyente. 2ª edición

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y autor de 5 libros.

5 hábitos positivos para empezar bien el curso

Fotografía de Teresa Carril

¡Se terminó el verano! Muchas personas están llorando y lamentándose de lo corto que ha sido, de lo breves que han sido las vacaciones. ¡Y es verdad! Hemos tenido tiempo para descansar, desconectar, disfrutar y estar con nuestros seres queridos más tiempo del habitual. Y claro, ahora nos cuesta volver al trabajo, las obligaciones, etc.

Sin embargo, septiembre es un mes idóneo para replantearte determinadas rutinas o decisiones que no estaban aportándote nada positivo antes del verano. Si empezamos a tomar unas cuantas decisiones pequeñas pero importantes, empezaremos el nuevo curso con energía positiva y eso nos puede llevar a generar unos pequeños hábitos que harán que el curso sea realmente muy productivo y feliz. En este post recomiendo 5 hábitos saludables que pueden ayudarnos a tener más éxito y también más equilibrio emocional los próximos 10 meses. Si quieres, puedes repasar este post que escribí sobre las 4 claves fundamentales para generar hábitos positivos sostenibles

  1. Mejora tu alimentación. No imaginamos el impacto que tiene lo que comemos en nuestra vida. Es enorme. Influye en nuestro estado físico, en nuestra salud, en nuestro estado emocional y en nuestro rendimiento profesional. Y por favor, no hagas dieta, está demostrado por muchos estudios que las dietas no funcionan porque, tarde o temprano, volvemos a nuestro peso antes de la dieta. Esto es porque la dieta nos exige un cambio demasiado brusco y radical, y cuando hemos logrado el objetivo, nuestro cerebro se relaja y vuelve a caer en los malos hábitos. En lugar de ello, empieza muy poco a poco, tomando pequeñas decisiones como por ejemplo comer menos carne roja o carbohidratos refinados, o ir sustituyendo gradualmente el azúcar por un edulcorante natural como la stevia.
  2. Empieza a meditar. La meditación o mindfulness no sólo nos ayuda a manejar mejor el estrés y ansiedad de la vuelta a nuestra vida y trabajo. Ganamos foco, claridad mental, concentración, capacidad de disfrutar del momento presente y perspectiva, lo cual nos lleva a tomar mejores decisiones. El mindfulness es un entrenamiento para conocer cómo funciona nuestra mente, y en segundo lugar, para saber cómo focalizarla y llevarla a estados positivos de bienestar y equilibrio. Como en el resto de hábitos saludables, te recomiendo empezar muy poco a poco, sin ambición, con pequeños objetivos muy alcanzables. Por ejemplo, dedicar 5 minutos a sentarte cómodamente, cerrar los ojos y practicar mindfulness. En mi último libro «7 hábitos de mindfulness para el éxito» puedes aprender el método mindfulness así como las distintas técnicas que existen. En este post puedes leer un resumen de lo esencial del libro. Y si quieres, puedes comprarlo en este link: Comprar libro mindfulness
  3. Reserva tiempos de desconexión digital. La tecnología nos ayuda y nos facilita la vida. Genera más agilidad y eficiencia en el ámbito profesional. Sin embargo, para obtener sus beneficios necesitamos aprender a manejarla, para no convertirnos en esclavos tecnológicos. Cuando estamos enganchados demasiado tiempo al móvil (o a la tablet o al ordenador), nuestra mente se embota, pierde claridad y consciencia sobre nuestras prioridades y también dejamos de ser empáticos. Finalmente, tomamos peores decisiones profesionales y personales, y nuestras relaciones se deterioran. Por tanto, es imprescindible que empieces a dedicar pequeños momentos de tu agenda diaria a desconectar de toda conexión digital. Empieza poco a poco, se trata de ir generando pequeños hábitos sencillos.
  4. Vuelve a hacer ejercicio. Si no has abandonado el ejercicio físico durante el verano, enhorabuena. Pero si lo has hecho, es imprescindible retomarlo con fuerza. El ejercicio físico es tan importante como el tema de la alimentación. Influye en nuestra salud, en nuestro equilibrio emocional, y según muchos estudios científicos, ayuda a mantener nuestro organismo más joven, retrasando el envejecimiento, igual que una alimentación sana y adecuada. Tómatelo, como el resto de recomendaciones, con calma, ve realizando cambios graduales y pequeños, sin prisa ni presión. Esta es la clave para todos los hábitos saludables. No trates de hacer grandes cambios, sino ir incluyendo pequeñísimos cambios en tu rutina con el fin de ir consolidándolos.
  5. Ahorra e invierte un poco de dinero. La mayoría de las personas, o saben que no tienen un colchón financiero y eso les genera malestar y preocupación, o simplemente viven en un nivel de inconsciencia total. En cualquier caso, en un mundo en constante cambio, a cualquiera de nosotros nos puede suceder algo imprevisto que nos obligue a gastar una cantidad importante de dinero en efectivo (que nos despidan de la empresa, que perdamos nuestro cliente más importante, que necesitemos hacer un Master) y la mayoría de las personas no están preparadas financieramente ante estas coyunturas. Para evitarlo, es fundamental generar una rutina de ahorro (aunque sean 200 € al mes al principio) y de inversión, para que nuestro dinero no pierda valor por la inflación (si lo tenemos en el banco o debajo del colchón). Muchos expertos hablan de que deberíamos ahorrar un 25% de lo que ingresamos. Pero insisto, si no lo estás haciendo, empieza ahorrando una pequeña cantidad, y luego, poco a poco, ve incrementando la cantidad en la medida de tus posibilidades. Ahora lo importante no es tanto el importe, sino que generes un hábito positivo. ¿Y dónde invertir para que tu dinero vaya ganando valor y no perdiéndolo con los años? Es recomendable contratar a un asesor financiero que te oriente en función de tu perfil de inversor (más arriesgado o menos). En ese sentido, leí hace poco un consejo buenísimo de un gurú de la inversión. Recomendaba que te entrevistaras con tres asesores financieros, y luego contrataras al que menos hable en la entrevista.

Esto también lo aplicaría si estás pensando en contratar a un coach para lograr tus objetivos de vida o de carrera profesional. ¡Contrata al que menos hable!

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y autor de 5 libros.

La ley del espejo

El precioso cuento japonés La ley del espejo, de Yoshinori Noguchi, nos pone frente a una verdad fundamental para la calidad de nuestra vida. Que todas nuestras acciones, decisiones y actitudes tienen consecuencias positivas o negativas, y que tarde o temprano sus efectos vuelven a nosotros como un boomerang. En eso consiste la ley del espejo. Aquello que das, lo recibirás exactamente igual. Si das confianza, empatía, sinceridad o amor, eso recibirás. Pero si das rencor, soberbia, egocentrismo o falta de sinceridad, también recibirás eso.

En la famosa obra de Oscar Wilde «El retrato de Dorian Gray» el protagonista es retratado por un pintor, y en ese momento desea mantenerse eternamente joven, como su imagen del cuadro. Su deseo se cumple, pero el retrato sí va cambiando y reflejando la degradación de su alma como ser humano, al desviarse con una serie de acciones y conductas lujuriosas y egoístas. El retrato le recuerda en todo momento lo podrido que está por dentro.

Como escribí en mi anterior post «Tu intención no importa, sólo los resultados que produces», las buenas intenciones son el primer paso, pero no suficiente. Una buena intención o deseo no conduce, necesariamente, a una correcta acción o decisión. Porque por el camino se cruzan en nuestro interior miedos, inseguridades, resentimientos y desconfianzas que sabotean nuestras intenciones y deseos, para contaminarlos, pervertirlos y desviarnos del camino inicialmente elegido.

Por mi experiencia al trabajar con cientos de personas en procesos de coaching, el mayor problema que tiene el ser humano no son sus malas decisiones, conductas o actitudes. El peor problema es su inconsciencia e ignorancia. Es decir, la mayoría de las personas no son en absoluto conscientes del impacto de la ley del espejo, de las consecuencias que sus actitudes y conductas están provocando en los demás (y en sí mismos). La inconsciencia es el peor mal del ser humano y la fuente principal de su sufrimiento. Si a ello le unimos la ignorancia, es decir la falta de curiosidad y humildad para aprender y cuestionarse a uno mismo, la mezcla es explosivamente destructiva para la calidad de nuestra vida.

Quiero que te detengas un momento en la frase siguiente: «Nosotros creamos, provocamos y permitimos todo lo que nos ocurre en nuestra vida». Muchos se niegan a creer esta verdad, conectada profundamente con la ley del espejo. Argumentan que la culpa de sus problemas es siempre de los demás (la lista es larga: el jefe, la compañera de trabajo, la madre, el hermano, el cuñado, la pareja, el hijo…) y por tanto, no asumen ninguna responsabilidad en el hecho de que alguna de estas personas los trate bruscamente de forma recurrente o no los escuche con atención, o no empatice con ellos. En cualquiera de estas situaciones, si hemos interiorizado profundamente la creencia de la frase mencionada, en lugar de culpar al otro, miraremos dentro de nosotros y nos preguntaremos:

  1. ¿Qué he podido yo hacer o permitir para que esta persona me trate de esta manera?
  2. ¿Qué podría hacer para que esta persona empatice conmigo, o me escuche, o deje de gritarme?

En estas dos preguntas está la clave y la solución en un porcentaje altísimo de todas las posibles situaciones o circunstancias difíciles de nuestra vida. Seguramente estaremos permitiendo o generando en gran parte el comportamiento de la otra persona hacia nosotros, y eso significa que tenemos poder para cambiar la situación. ¿Cómo?

En primer lugar, es esencial recordar la ley del espejo o lo que es lo mismo, la creencia de que, aunque no seamos conscientes, en realidad generamos o permitimos todo lo que nos sucede. Si no nos creemos esta «verdad» será difícil que tomemos las decisiones o elecciones responsables y efectivas que necesitamos.

En segundo lugar, tendremos que analizar de qué manera nuestra conducta o actitud está influyendo en el comportamiento o actitud de las otras personas, con la primera pregunta que proponía líneas atrás. Es decir, se trata de hacer un autoanálisis honesto y crítico sobre nosotros mismos. De lo contrario, estaremos estrellándonos contra el mismo muro una y otra vez, sin entender nada y sin posibilidad de cambiar las cosas.

Y en tercer lugar, debemos enfocarnos en el presente/futuro, con la segunda pregunta que propongo, realizando el cambio dentro de nosotros (y evitando la tentación fácil de querer que la otra persona cambie). El cambio puede ser un cambio de actitud, de comportamiento o de pensamiento. Quizá la persona que no empatiza con nosotros en una relación difícil es debido a que nosotros tampoco empatizamos con sus necesidades. Tal vez estamos pidiendo a nuestro hijo que nos escuche cada vez que le damos nuestra opinión pero sin embargo cuando nos quiere dar su opinión le interrumpimos constantemente y no le dejamos hablar. La ley del espejo. No podemos esperar de los demás lo que nosotros mismos no estamos dando. 

Para integrar la creencia de la ley del espejo hay que ser muy valiente, y asumir una actitud ante la vida de responsabilidad y madurez emocional, pero es el camino para vivir una vida con mayúsculas, una vida plena y feliz a pesar de las dificultades y obstáculos. Integrar esta poderosa creencia implica despertar de la anestesia confortable y al mismo tiempo tóxica en la que vive la mayoría de las personas, cuyo efecto más visible es una actitud victimista e irresponsable, de echar balones fuera permanentemente y de analfabetismo emocional. Se puede ser un analfabeto emocional aunque se tengan 50 o 60 años. Tener más experiencia o edad no necesariamente implica tener más sabiduría ni madurez.

Para terminar, te dejo con tres preguntas para tu reflexión:

  1. ¿Qué estás creando o generando en tu vida?
  2. ¿Qué estás provocando, por acción o por omisión, en tu vida y en tu entorno profesional?
  3. ¿Qué estás permitiendo en tu vida, en tus relaciones y en tu entorno profesional?

Bienvenido/a a la ley del espejo.

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Resiliencia y mindfulness

El conocido neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, que superó el trauma de los campos de concentración nazis, incluyendo la matanza de sus padres, define el concepto de resiliencia como la capacidad para superar situaciones o experiencias dolorosas y traumas, saliendo fortalecido de ellos.

Es interesante la diferencia que hace Cyrulnik entre el concepto de resistencia y el de resiliencia. Resistencia sería la capacidad de mantenerse firme y fuerte en el momento de sufrir la situación traumática o dolorosa. Sin embargo, el hecho de mantenerse fuerte en ese momento crítico no significa que lo superes en tu vida, no significa que ese hecho no deje secuelas y consecuencias emocionales posteriores que condicionen tu vida. Aquí entra el concepto de resiliencia, que tiene que ver más con el post-trauma, es decir, con la capacidad de superar esa situación dolorosa después de haberse producido y además salir fortalecido, y crecer gracias a la experiencia.

Un ejemplo fácil de entender es el de los soldados cuando luchan en una guerra. Hay soldados que son muy valientes y resistentes psicológicamente, pero que después del conflicto, cuando vuelven a su vida normal, se hunden a nivel emocional. El caso de los resilientes es el de un soldado que, independientemente de lo valiente y resistente que haya sido en el conflicto, cuando vuelve es capaz de rehacer su vida, de superar los traumas de la guerra y salir fortalecido psicológicamente. Por tanto, la resiliencia podría resumirse en dos palabras: Superarlo y Crecer, o Superarlo y Ganar.

En el mundo empresarial del siglo XXI, que se ha definido por los gurús como VUCA (volátil, incierto, complejo y ambigüo), la resiliencia es algo fundamental. Salvando las distancias con respecto a eventos extremos como los mencionados, en la vida o el trabajo las personas se enfrentan a situaciones difíciles o incluso traumáticas como la muerte de un familiar muy cercano, el despido de tu puesto de trabajo, una enfermedad grave que te diagnostican, o simplemente la presión de los objetivos en el trabajo mes a mes. Y en esas situaciones la persona resiliente es más capaz de superarlas y salir fortalecido de ellas.

Una de las claves para desarrollar la resiliencia es reconocer la realidad y aceptarla. La razón por la cual no superamos situaciones graves y dolorosas es porque las negamos y además las rechazamos como injustas, anclándonos en estados emocionales negativos como el resentimiento. En definitiva, no hemos pasado página. Otra de las claves de la resiliencia es ser capaces de “ver” más allá de una experiencia difícil y dolorosa, detectando las oportunidades de aprendizaje y crecimiento. Esto sólo lo podemos lograr si abrimos nuestra mente, con una visión “out of the box”.

Pero ni la aceptación ni la apertura mental son algo fácil y rápido de conseguir, porque requieren un cambio en nuestro cerebro a nivel inconsciente y en gran parte emocional. ¿Y cómo se pueden desarrollar estas capacidades, relacionadas con la resiliencia, a nivel inconsciente? ¿Existe una herramienta para ello? Sí existe y se llama Mindfulness (atención plena), como se evidenció en una investigación en 2014 de la Universidad de California y la Escuela de Medicina de San Diego, en la cual un grupo de soldados marines estadounidenses incrementaron su resiliencia y su capacidad de recuperarse positivamente de experiencias estresantes relacionadas con su participación en la guerra, después de un entrenamiento basado en la metodología mindfulness.

El mindfulness es un entrenamiento mental a través del cual desarrollamos todo el potencial de nuestro cerebro. Para explicar de forma fácilmente recordable la esencia de dicho entrenamiento, he creado el modelo mnemotécnico de las 6 As (AAAAAA). Dirigir la Atención al Aquí y Ahora, con una actitud de Apertura, Aceptación y Amabilidad. A Continuación desarrollo las 6 As:

A: Atención. Aprendemos a través del entrenamiento mindfulness a dirigir y focalizar conscientemente nuestra atención, evitando que la mente se distraiga y divague.

A: Aquí. Focalizamos la atención en el lugar donde estamos en este instante, ya que no existe otro lugar que aquí.

A: Ahora. Focalizamos la atención en el momento presente, porque no hay otro momento que este (Carpe diem). Esto implica no engancharse a los pensamientos sobre el futuro y el pasado.

A: Apertura. Es una atención abierta, curiosa, en la cual evitamos juzgar las experiencias, y evitamos contaminarnos por ideas preconcebidas, prejuicios, etc. como si volviéramos a percibir las cosas con la mente de un niño.

A: Aceptación. Entrenamos la cualidad de aceptar lo que “es”, sin querer cambiar la experiencia, sin esperar un resultado determinado, aceptando también lo desagradable o incómodo que aparezca, y no rechazándolo.

A: Amabilidad. Desarrollamos la compasión y amabilidad con nosotros, combatiendo nuestra tendencia habitual a tratarnos dura y agresivamente, a juzgarnos y reprocharnos nuestros errores y decisiones.

A través del mindfulness, entrenamos al cerebro para que aprenda a relacionarse con todo tipo de experiencias de un modo más productivo, incluyendo las experiencias dolorosas. El mindfulness desarrolla la habilidad en el cerebro de aceptar toda experiencia como una oportunidad de aprendizaje y crecimiento. Y dejamos de estar condicionados por nuestros hábitos mentales: juicios, expectativas, deseos, torturarse por hechos del pasado (que se llama rumiación), generarse ansiedad por acontecimientos del futuro que aún no han sucedido (llamado pre-ocupación). Todos estos hábitos de la mente nos generan, sin darnos cuenta, mucho sufrimiento, ansiedad y estrés.

En este sentido, es muy interesante el trabajo de investigación que lleva realizando desde hace más de 30 años el Center for Mindfulness de la Universidad de Massachusetts respecto a la efectividad del Mindfulness para aprender a manejar el estrés y la ansiedad, y el Centro de Mindfulness de la Universidad de Oxford relacionado con la eficacia del mindfulness para prevenir y superar la depresión. El mindfulness, cuando se practica con regularidad, cambia la fisiología del cerebro, activando el cortex prefrontal izquierdo, relacionado con un aumento de emociones positivas, y reduce la actividad de zonas cerebrales relacionadas con la depresión (el lóbulo temporal derecho), el miedo o la rabia (la amígdala).

En el libro “El camino del Mindfulness”, John Teasdale, Mark Williams y Zindel Segal, investigadores y responsables del programa de mindfulness de Oxford, describen 7 cambios claves que se producen en las personas que integran el mindfulness como una práctica regular:

  1. De vivir con el “piloto automático” a vivir de manera consciente y atenta.
  2. De hurgar en el pasado (rumiar) y en el futuro (pre-ocuparse) a estar plenamente en el momento presente.
  3. De condicionar la experiencia a través de la mente (con juicios, recuerdos) a sentir la experiencia directamente.
  4. De intentar evitar y escapar de las experiencias poco agradables a acercarse a ellas con curiosidad.
  5. De querer que las cosas y las personas sean diferentes a aceptar las cosas tal y como son.
  6. De creerse todos los pensamientos como si fueran la verdad absoluta, a verlos como simples interpretaciones o fenómenos mentales pasajeros, que no tienen por qué corresponder con la realidad.
  7. De tratarse a uno mismo duramente a tratarse con amabilidad, compasión y aceptación.

Podemos intuir claramente que las personas resilientes han aprendido a desarrollar estos comportamientos y actitudes como hábitos, que son las que se logran a través del entrenamiento mindfulness. ¿Qué impacto tendría en nuestra vida si desarrolláramos estos 7 hábitos del mindfulness? ¿Seríamos más felices? ¿Nos iría mejor también en nuestra carrera profesional? A mí no me cabe la menor duda.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

La comunicación que soluciona conflictos

Todos tenemos conflictos en nuestras vidas o trabajos. Los conflictos son inevitables, e incluso a veces son necesarios para aclarar situaciones, resolver viejas heridas, o mejorar relaciones. Pero ¿Sabemos cómo resolverlos de forma positiva?

En general, solemos hacer lo contrario: aumentar el conflicto hasta límites totalmente innecesarios, lo que genera un gran sufrimiento y estrés en nosotros y también en los demás. El ser humano es paradójico y contradictorio, y es habitual que se haga daño a sí mismo y a sus seres queridos, consciente o inconscientemente. En primer lugar, identifiquemos algunos grandes enemigos de la resolución positiva de conflictos:

  • Orgullo mal entendido. Si crees que te han herido, tu objetivo inconfesable será vengarte y tratar de humillar o dañar a la persona que te ha herido. Tu objetivo no será resolver el problema, sino devolverle la afrenta a la otra persona.
  • Falta de empatía. Ir a resolver un conflicto en un momento poco oportuno, por ejemplo cuando la persona tiene prisa o está estresada por otros motivos. Esto es falta de empatía porque no te planteas las necesidades de la otra persona. Otro ejemplo de falta de empatía sería «vomitar» lo que quieres decirle sin haberle preguntado y escuchado antes.
  • Ideas de poder falsas. Hay determinados roles en los que confundimos autoridad con autoritarismo, respeto con poder. Por ejemplo, cuando somos responsables de un equipo, pensamos que ellos deben obedecernos y hacer lo que dice «el jefe». De lo contrario, pensamos que no nos respetan. Otro rol en el cual nos confundimos con la idea del poder es el de padres, porque nos ponemos en un nivel de superioridad respecto a nuestros hijos, y asumimos que podemos imponerles las conductas o actitudes. Esta cultura es la del miedo, que no genera una mejora sostenible.
  • Querer tener la razón. Una vez escuché la frase «En la vida tenemos que elegir: tener razón o ser felices» y me impactó. Lo cierto que es que querer imponer al otro nuestra «verdad» es algo muy perjudicial para resolver un conflicto, ya que la otra persona también tiene su visión de la situación. Más veces de las que creemos nuestro objetivo principal es que nos dén la razón, con el único fin de satisfacer a nuestro ego.

Dicho esto, a continuación voy a exponer 5 aspectos fundamentales para comunicarnos con más efectividad e influencia, de manera que podamos resolver y prevenir nuestros conflictos vitales de un modo productivo y positivo.

  1. Elige un buen momento para ti (en el que estés sereno/a y tranquilo/a) y sobre todo, comprueba que es un buen momento para la otra persona para hablar y abordar el conflicto. Incluso pregúntale «¿Es un buen momento para hablar?» Si te dice que no, acéptalo y pregúntale cuando podéis hablar. Esto es demostrar empatía.
  2. Evita totalmente los reproches, juicios, culpabilizaciones o ataques personales. Lo único que vas a conseguir es que la otra persona se cierre y bloquee su escucha a lo que quieras decirle en el futuro. Nunca vas a resolver un conflicto con esa estrategia. Más bien al contrario, vas a empeorarlo, muchas veces dañando la relación con esa persona de forma irreversible.
  3. Plantea los hechos, de forma lo más objetiva posible, y verifica con la otra persona su versión de los mismos hechos, para llegar a un entendimiento y a un acuerdo sobre ello. Si hay algo en lo que tengáis perspectivas distintas, manifiesta tu respeto sobre su visión sin dejar de exponer la tuya.
  4. Mantén siempre presente tu objetivo de resolver el conflicto. Es fácil enredarse cuando la otra persona reacciona de forma agresiva y empieza a dispararnos con ataques personales o reproches. La clave para mantener el control emocional es recordar en todo momento qué quieres lograr con esa comunicación. ¿Es vencer al otro? ¿Es humillarle? ¿Es demostrarle que tienes razón? ¿O es entenderte con ella y llegar a acuerdos con los que os sintáis cómodos ambos?
  5. Interésate por las necesidades y emociones de la otra persona. Normalmente cuando estamos enfadados con alguien lo único que creemos que debemos hacer es manifestar nuestro enfado criticando a la otra persona. Y no nos preocupamos en absoluto de sus motivaciones y sentimientos, lo cual es esencial para que derribe sus barreras y desactive su actitud defensiva y agresiva. Escucha, escucha y escucha.

Hay muchas personas que confunden la agresividad con la asertividad (o lo que es lo mismo, la sinceridad empática). Ser agresivo es decir lo que piensas aunque no sea el momento adecuado, aunque sea gritando, aunque sea juzgando y reprochando al otro. Mientras que ser asertivo o empáticamente sincero es decir lo que piensas, necesitas y sientes de forma clara pero sin juzgar ni atacar a la otra persona, buscando el momento adecuado para la otra persona, sin gritar ni elevar el tono de voz, y por supuesto, interesándote por entender su «versión» de los hechos, sus necesidades y emociones.

Mi recomendación es que no intentes cumplir a la perfección con todo esto desde el primer momento, sino darte la oportunidad de ir mejorando poco a poco tu comunicación, aprendiendo de los errores que sin duda vas a seguir cometiendo. Lo peor de todo sería convertirte en un cínico que piensa que hay que decir las cosas tal cual las pensamos sin ningún tipo de filtro, y que lo planteado en este artículo es hipocresía o tonterías que están de moda.

Sin duda, si esa es «tu verdad» vas a sufrir mucho, y vas a hacer sufrir mucho a los demás. Y poco a poco, notarás cómo cada vez más personas de tu vida o trabajo, algunas de ellas las más importantes, se van progresivamente alejando de ti, dejando de contarte sus cosas, y manteniendo una distancia prudencial. En ese momento, te habrás quedado solo/a, aunque ni siquiera te des cuenta ni entiendas por qué.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

Mindfulness y autocontrol emocional

Esta semana recibí un correo electrónico que de inmediato me generó una gran indignación y enfado. Según mi opinión, el e-mail era totalmente injusto y me revolvió el estómago. Inmediatamente, me dispuse a contestar al individuo, tratando de comunicarme de la forma más objetiva posible, aportando datos y hechos al arbitrario y subjetivo mensaje que había recibido.

Una vez que lo había escrito lo revisé antes de enviarlo. Me di cuenta de que me había dejado llevar por mi enfado en una frase, en la cual yo hacía un juicio y un diagnóstico, en lugar de ceñirme a datos y hechos. Era una frase que seguramente activaba la agresividad ya existente en la persona que me envió el mensaje. Entonces, después de unos segundos pensándolo, decidí eliminar la frase. Me di cuenta de que esa frase sobraba, y de que sólo era una forma de desahogar mi ira. Dicha frase no era relevante y podía producir más tensión.

Envié el e-mail corregido. Pero durante las dos horas siguientes el mensaje hiriente que había recibido siguió revoloteando mi mente, seguía revuelto emocionalmente. Aunque eso sí, fui plenamente consciente de mis sentimientos, lo bastante como para no dejarme envolverme y confundirme por ellos, y poco a poco toda la vorágine emocional fue disolviéndose.

Posteriormente, ya después de comer, analicé todo el proceso y me resultó muy interesante como una experiencia donde mi práctica regular del mindfulness (meditación para la atención plena) salió a la superficie. A través del mindfulness entrenas tu cerebro en el autocontrol emocional, para no reaccionar inmediatamente a los estímulos que aparecen, por más desagradables o incómodos que sean. Simplemente lo observas, lo experimentas aunque sea negativo, y luego, si es necesario, actúas para hacerlo desaparecer. Pero lo habitual es que si somos lo suficientemente fuertes, no sea necesario hacer nada, porque se resuelve solo. Aquí estoy hablando, en realidad, de autoliderazgo. En este sentido, escribí hace poco un artículo sobre la relación entre mindfulness y liderazgo, si quieres leerlo pincha aquí.

En definitiva, se trata de generar un espacio cada vez más amplio entre el estímulo y nuestra respuesta, con el fin de poder decidir qué respuesta es la más adecuada y efectiva. Si me hubiera dejado arrastrar por mi enfado, le hubiera enviado ese e-mail con esa frase poco afortunada, que hubiera complicado aún más las cosas. En ese espacio entre el estímulo y mi respuesta estuvo la clave del autocontrol emocional y de la conducta correcta.

Gracias a la práctica regular del mindfulness, todos podemos ser mucho más autoconscientes de nuestras emociones, y podemos también ser capaces de controlar nuestras emociones negativas, para manejarlas mejor y poder elegir la conducta más efectiva y positiva en cada situación.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor. http://www.javiercarril.com

 

Asertividad y empatía: mejora tu comunicación

Muchas personas no tienen del todo claro qué es la asertividad. Lo he comprobado en varias ocasiones, por ejemplo recuerdo un directivo al que hice coaching que decía que él era muy asertivo, porque decía las cosas muy claras. Esto no es exactamente ser asertivo.

Decir las cosas claras es importante, no es nada positivo callarse ante lo que consideramos injusto o erróneo. Esta actitud o forma de comunicarnos se denomina pasividad, que tiene consecuencias nefastas sobre todo para uno mismo. Pero decir las cosas claras a veces resulta ser muy agresivo, dependiendo de en qué momento o lugar lo digamos, o del estado de ánimo en el que estemos en el momento de decirlo. Por tanto, la asertividad no es decir las cosas claras.

Vamos a definirlo correctamente. La asertividad es la capacidad de decir y expresar mis opiniones, necesidades y emociones de forma clara, respetando las necesidades, emociones y  derechos de la otra parte. Para ser asertivo debemos pararnos antes de comunicar algo difícil, evaluando si es el momento o lugar más adecuado para la otra persona, y también tratando de adivinar cómo recibirá nuestra comunicación el otro, cómo se sentirá cuando yo se lo transmita.

Si has prestado atención al anterior párrafo, te habrás dado cuenta de que estamos hablando de empatía. Empatía es coloquialmente, “ponerse en los zapatos del otro”, o sea, la capacidad para tener en cuenta al otro e interesarnos realmente por sus necesidades y emociones cuando vamos a comunicarle algo. Para ser asertivos en la comunicación, debemos ser empáticos obligatoriamente. Si no cumplimos esta segunda parte, si no prestamos atención a cómo puede sentirse la otra persona o cual puede ser la mejor forma de comunicarle algo, entonces nuestra comunicación será percibida como agresiva.

La asertividad y la empatía son dos caras de la misma moneda. Es imposible ser asertivo sin ser empático, y es imposible que una persona empática resulte agresiva. Así que sí, debemos decir las cosas claras, pero pensando en la otra persona con verdadero interés, para si es necesario, adaptar nuestra comunicación a “su momento”, a “su necesidad”, a “sus sentimientos”. Esto no es disfrazar o envolver una comunicación difícil hasta hacerla irreconocible y que incluso no llegue a entenderse. Esto sería, una vez más, pasividad, no asertividad. El asertivo es empático, pero no condescendiente ni temeroso de decir lo que piensa, necesita y siente. El asertivo es firme, pero no agresivo.

La mayoría de los conflictos humanos, tanto en el ámbito laboral como en el personal, son debidos a una mala comunicación. La mala comunicación puede ser por dos motivos:

  • Falta de comunicación. Es decir, pasividad, no se dicen las cosas que es necesario decir.
  • Comunicación agresiva. Se dicen las cosas pero sin empatía, sin filtros, generando violencia y resentimiento.

La asertividad sería por tanto, el punto de equilibrio que, como de costumbre, es difícil de alcanzar, sobre todo cuando nos sentimos frustrados, enfadados o indignados con la otra persona. Por eso, para ser un comunicador asertivo necesitamos también ejercitar el autocontrol emocional, porque de lo contrario podemos dañar para siempre la relación con esa persona, y seguramente vamos a arrepentirnos durante mucho tiempo de nuestra reacción descontrolada.

Cuando no nos comunicamos con asertividad, y usamos alguno de los otros dos estilos de comunicación (pasivo o agresivo) vamos a pagar un precio muy alto en nuestro trabajo o en nuestra vida. Vamos a dañar a los demás y a nosotros mismos. Y no vale decir “Es que soy así, es que es mi carácter y no puedo evitarlo”. Esto es una excusa banal para escapar de nuestra responsabilidad. La asertividad y la empatía, si se tiene verdadero interés, son habilidades que se pueden aprender y desarrollar con el tiempo.

Y ahora, pregúntate.

  • ¿Hay alguna situación o relación en la que te estés callando cosas que necesitas expresar?
  • ¿Estás expresando demasiado agresivamente tus necesidades y opiniones, sin tener en cuenta cómo se siente la otra parte?

Entonces, es hora de empezar a cambiar y a mejorar tu comunicación.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor. http://www.javiercarril.com

 

Resiliencia: supéralo y gana.

El conocido neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, que superó el trauma de los campos de concentración nazis, incluyendo la matanza de sus padres, define el concepto de resiliencia como la capacidad para superar situaciones dolorosas y traumas saliendo fortalecido de ellos.

Es interesante la diferencia que hace Cyrulnik entre el concepto de resistencia y el de resiliencia. Resistencia sería la capacidad de mantenerse firme y fuerte en el momento de sufrir la situación traumática o dolorosa. Sin embargo, el hecho de mantenerse fuerte en ese momento crítico no significa que lo superes en tu vida, no significa que ese hecho no deje secuelas y consecuencias emocionales posteriores que condicionen tu vida. Aquí entra el concepto de resiliencia, que tiene que ver más con el post-trauma, es decir, con la capacidad de superar esa situación dolorosa después de haberse producido y además salir fortalecido, y crecer gracias a la experiencia.

Un ejemplo fácil de entender es el de los soldados cuando luchan en una guerra. Hay soldados que son muy valientes y resistentes psicológicamente, pero que después del conflicto, cuando vuelven a su vida normal, se hunden a nivel emocional. El caso de los resilientes es el de un soldado que, independientemente de lo valiente y resistente que haya sido en el conflicto, cuando vuelve es capaz de rehacer su vida, de superar los traumas de la guerra y salir fortalecido psicológicamente.

Por tanto, la resiliencia podría resumirse en dos palabras: Superarlo y Crecer, o Superarlo y Ganar. Pero ¿Cuál es la clave de las personas resilientes? ¿Se puede desarrollar esta capacidad?

Una de las claves es el apoyo de personas cercanas, como familiares y amigos, para ayudar a una persona a superar una situación muy dolorosa. Por lo tanto, es esencial cuidar las relaciones emocionales de nuestro entorno más cercano.

Otra de las claves es reconocer la realidad y aceptarla. Uno de los motivos por los que no superamos situaciones graves y dolorosas es porque las negamos y además las rechazamos como injustas. En definitiva, no las aceptamos positivamente. Elisabeth Kübler-Ross ya habló de las fases del duelo, y las primeras fases están siempre relacionadas con la negación, el enfado y la falta de aceptación del fallecimiento de la persona querida.

Pero la aceptación no es algo intelectual, es algo experiencial. Obviamente es importante darnos cuenta del círculo destructivo en el que estamos cuando no aceptamos una situación y nos aferramos al pasado, pero no es suficiente. Es necesario que la aceptación impregne todas nuestras células, nuestro inconsciente. Una de las formas más efectivas que conozco para lograrlo , y además he podido comprobar en mi propia piel, es practicando el mindfulness (técnicas de atención plena).

A través del mindfulness, entrenamos al cerebro para que aprenda a relacionarse con todo tipo de experiencias de un modo más productivo, incluyendo las experiencias dolorosas. El mindfulness desarrolla la habilidad en el cerebro de aceptar toda experiencia como una oportunidad de aprendizaje y crecimiento. Para ello, se potencia la curiosidad, la inquietud por descubrir qué hay detrás, y por supuesto la humildad.

Pero insisto, esto no es algo intelectual ni racional. Por eso, una vez entendido qué es y para qué sirve el mindfulness, lo que debemos hacer es ponernos a practicarlo. Sólo así podremos llegar a interiorizarlo, y estar mucho más preparados para las experiencias duras de nuestra vida.

Habremos desarrollado la resiliencia, sólo si practicamos el mindfulness con regularidad durante meses, o incluso años, porque una capacidad inconsciente del cerebro no se consigue desarrollar en un día, ni en una semana. Debemos invertir tiempo y disciplina si queremos ser personas resilientes.

Como todo lo importante en nuestra vida, desarrollar la capacidad de la resiliencia sólo se consigue en el largo plazo, y nos exige paciencia, disciplina y desde luego, confianza.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor. http://www.javiercarril.com

 

El yo pequeño y el Yo Superior

En las últimas semanas he vivido, como seguramente tú, momentos buenos y malos, experiencias alegres y también complicadas. Es decir, la vida misma. En los momentos malos, he logrado incorporar el hábito, con mucho entrenamiento y constancia, de observarme a mí mismo, cuales son mis emociones y mis pensamientos, cómo ambos afectan a mi conducta y mis decisiones. Y cada vez soy más consciente de que todos tenemos un yo pequeño, débil, vulnerable, lleno de miedos y necesidades insatisfechas, que reacciona protegiéndose y defendiéndose, a veces incluso con agresividad. En los momentos de presión y sufrimiento surge de inmediato nuestro “yo pequeño”, cortoplacista y egocéntrico.

Pero todos tenemos  también un “Yo superior”. El Yo superior es el que se eleva sobre circunstancias puntuales y mira más allá, con una visión más global y a largo plazo. El Yo superior es capaz de ver las implicaciones y consecuencias de los actos y decisiones, y es capaz de distanciarse lo suficiente para actuar de la manera más poderosa y efectiva.

Nuestro Yo superior tiene claridad mental y serenidad emocional, está conectado con los valores y es fuerte, tiene autoconfianza y, en lugar de preocuparse de proteger su territorio, conecta con la vida en su perspectiva más profunda. Conecta con las necesidades de los demás, tiene verdadera empatía, controla las emociones y es capaz de canalizar dichas emociones hacia la decisión más beneficiosa para todos los implicados.

En resumen, el “yo pequeño” está más preocupado de pedir a la vida que cubra sus deseos y expectativas constantes, lo que siempre a la larga genera frustración y resentimiento, mientras que el “Yo superior” está ocupado en servir a la vida de la mejor manera posible. Es decir, su foco está en dar lo mejor de sí mismo a lo que la vida le está pidiendo en cada instante.

En los momentos difíciles que mencionaba antes, me ha sucedido lo siguiente: al principio me dejo llevar por mi “yo pequeño”, con las emociones negativas y el sufrimiento que implica. De pronto, me doy cuenta y soy capaz de distanciarme de ese “yo pequeño”, observando cómo opera y qué limitaciones me impone. Y entonces, decido preguntar por mi “Yo superior”. Y me cuestiono: “¿Cómo actuaría en esta situación mi “Yo superior”, ese Yo que no siente miedo ni amenaza, que está centrado en servir de la mejor manera a la vida? Esa pregunta es muy poderosa, y de pronto surge la respuesta. La acción cambia completamente. Ahora es el momento de decidir. ¿A quién hago caso, a mi “yo pequeño” o a mi “Yo superior”?

Cuando he decidido seguir las indicaciones de mi “Yo superior” todo en mi vida ha ido mejor, mucho mejor. Mientras que cuando me dejo arrastrar por mi “yo pequeño”, lo único que hago es complicar aún más las cosas, generando más sufrimiento para mí y para los demás.

Cuando te encuentres ante una decisión difícil o una situación que te esté generando emociones negativas, párate un instante y pregúntate: “¿Qué haría ahora mi “Yo Superior”, esa parte de mí sin miedos ni inseguridades?” Luego, tú decides.

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JAVIER CARRIL. Coach, conferenciante y escritor. Visita mi web: http://www.zencoaching.es/
Autor de los libros Cuentos para adultos que quieren ser felices (Descárgatelos aquí) DesESTRÉSate, Ed. Alienta, 2010…y Zen Coaching, un método para potenciar tu vida profesional y personal, ed. Díaz de Santos, 2008.

Pesadilla en la cocina y en la oficina

Anoche, por primera vez vi el programa de TV “Pesadilla en la cocina”, en la Sexta, con el cocinero Chicote. Lo cierto es que no me gustan en general este tipo de programas y nunca los veo, pero ayer me llamó la atención los primeros minutos y al final vi el programa completo.

Y confieso que me resultó altamente interesante por varios motivos. El primero, porque se pudo observar, en carne viva, la tensión y el estrés existente en las empresas hoy en día. Y se pudo palpar el altísimo nivel de sufrimiento que están soportando muchísimas personas en todo tipo de organizaciones, ya sean pequeños negocios como los restaurantes del programa, ya sean grandes multinacionales. La pesadilla es real, no sólo en la cocina, sino también en la oficina.

En el programa que vi ayer el dueño del restaurante era un tirano que maltrataba y gritaba continuamente a todo su equipo (incluida su mujer), y además se proclamaba como el gran salvador del negocio, repitiendo constantemente: “Si no estuviera yo aquí gritando, esto se hundiría”. Fue especialmente interesante el momento en que el equipo se sintió libre para hablar y empezó a decir que no se sentían respetados, que ir a trabajar cada día al restaurante era un infierno, y que todos, sin excepción, no aportaban sus ideas ni decían su opinión porque tenían…(adivínalo) MIEDO.

El dueño estaba perplejo ante las declaraciones de su equipo, esas personas con las que trabaja a diario, y que sin ellas no sería nadie. ¿Por qué? Porque no escuchaba ni se preocupaba por las personas que trabajan en su equipo. Cuando veía estas imágenes ¡Me sonaban tan cercanas y tan reales! Porque yo he conocido y presenciado en muchas ocasiones estas situaciones en el mundo de la empresa. Jefes despóticos y egocéntricos que faltan al respeto a su gente, que hacen sufrir, que desmotivan, que gestionan con el miedo y que van de grandes salvadores del mundo. En definitiva, jefes inútiles y muy tóxicos.

El otro aspecto que me fascinó es que el dueño, una vez que escuchó a su equipo y después de tener una conversación con Chicote, el cocinero-showman del programa, conectó consigo mismo y se dio cuenta de que no era feliz. Al fin y al cabo, su falta de recursos o habilidades empresariales y personales le habían llevado a una situación de extremo sufrimiento que no sabía canalizar, y por tanto, vomitaba toda su ira y frustración en su equipo. Una vez que tomó conciencia de la realidad (porque estaba totalmente ciego) y de que él podía darle la vuelta a la situación, su rostro cambió radicalmente, sus gestos se relajaron y empezó a sonreir. Esto trajo consigo un cambio radical de conducta con su equipo.

Mi conclusión final es que toda persona, aunque parezca un monstruo, tiene sentimientos y en el fondo, quiere hacerlo lo mejor que puede. Todas las personas tenemos un fondo positivo. El problema es que en muchas ocasiones no sabemos cómo hacerlo mejor y necesitamos que alguien, como por ejemplo un coach profesional, nos ayude a quitarnos la venda de los ojos y actuar de manera más efectiva y positiva. Un coach especializado en habilidades personales y empresariales(trabajo en equipo, liderazgo, inteligencia emocional) puede dar un giro radical a una situación insostenible como la que existe hoy en día en muchísimos negocios y empresas. El coaching es más necesario que nunca en un momento tan crítico como el que vivimos.

JAVIER CARRIL. Coach, conferenciante y escritor. Visita mi web: http://www.zencoaching.es/
Autor de los libros Cuentos para adultos que quieren ser felices (Descárgatelos aquí) DesESTRÉSate, Ed. Alienta, 2010…y Zen Coaching, un método para potenciar tu vida profesional y personal, ed. Díaz de Santos, 2008.