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Tu contribución al mundo

En el programa corporativo de Mindfulness que llevo impartiendo los últimos 5 años en diferentes organizaciones como el Banco Santander, Sandoz o Volkswagen, incluyo un ejercicio de reflexión relacionado con la automotivación, una de las 5 competencias de la inteligencia emocional.

En el ejercicio invito a los participantes a escribir de forma continuada en respuesta a diferentes preguntas que voy realizándoles. Dichas preguntas tienen una conexión profunda con lo que nos motiva a los seres humanos, lo que moviliza sus emociones positivas al responder.

La última pregunta que les lanzo es la siguiente: “¿Cómo quieres CONTRIBUIR para dejar este mundo mejor de como lo encontraste?” Es una pregunta que a la mayoría le choca, no saben cómo abordarla ni qué contestar, al menos los primeros segundos. A veces, debo orientarles para que puedan desbloquearse. Me parece sorprendente esta reacción bastante generalizada en cientos y cientos de participantes que pasan por el programa. ¿Cual es el motivo de que no sepamos qué responder a esta pregunta?

Muchas personas creen que ellos no pueden contribuir de ninguna manera a algo tan grande e importante, como mejorar el mundo cuando ya se hayan marchado. Otras personas, sencillamente, nunca se han planteado una pregunta como ésta. Una pregunta crucial y fundamental si queremos acceder a una fuente inagotable de motivación y felicidad intrínseca.

Todos, absolutamente todos, podemos hacer muchas cosas para hacer de este mundo un lugar mejor para vivir. Sin ninguna duda. Podemos hacerlo con nuestro trabajo, y eso es una enorme suerte. Es, por ejemplo, lo que me sucede a mí. Tengo la inmensa fortuna de sentir profundamente que estoy contribuyendo con mi trabajo diario a que este mundo sea más humano, más empático, más consciente y más feliz.

Cuando entreno individualmente a directivos y líderes a través del coaching, siento que estoy ayudando a personas brillantes a dar lo mejor de sí mismos para liderar a sus organizaciones y convertirlas en espacios más humanos y creativos. Cuando enseño la práctica de la meditación mindfulness en los programas corporativos a cientos de empleados o directivos, también siento que estoy abriendo una puerta inmensa de consciencia, rendimiento y felicidad para las personas que luego deciden apostar por ello e integrar la práctica en su vida cotidiana. O cuando imparto conferencias sobre comunicación, liderazgo, motivación o mindfulness, estoy convencido de que estoy contribuyendo a un mundo mejor.

Pero ¿Y si trabajas atendiendo a los clientes en un banco, o eres abogado de una gran empresa, o funcionario de alguna empresa pública? Quizá pienses que con tu trabajo no aportas algo realmente valioso al mundo, pero seguramente estés equivocado. En cualquier trabajo o profesión, si damos lo máximo de nosotros cada día, con pasión y entrega, estaremos contribuyendo, con nuestro granito de arena, a una sociedad mejor. Cada trabajo tiene su función útil y valiosa en la sociedad, siempre que lo desempeñemos con ese sentido de contribución.

¿Y si no trabajas? Si por ejemplo te dedicas a cuidar a tu familia, a tus hijos o a realizar las tareas de la casa. ¿Acaso no puedes contribuir con tu comportamiento y actitud diarios, a hacer más felices a todas las personas con las que vives e interactúas cada día? Sin duda.

El sentido de contribución tiene que ver con nuestra misión en la vida, con el legado que queremos dejar cuando nos marchemos de este mundo. Y podemos conectar con esa misión tratando de mejorar cada día en nuestro ámbito de responsabilidad, sea personal o profesional. Tratando de ser más conscientes, más generosos, transmitiendo nuestros valores, nuestra actitud positiva que, sin duda, contagiará a todos los que tengan relación con nosotros.

Centrémonos en nuestro pequeño mundo, en nuestro reducido entorno, y busquemos mejorar cada día ese pequeño espacio mejorando la vida de los demás. Para ello la clave es que incrementemos nuestro nivel de consciencia para reconocer no sólo nuestras fortalezas sino también nuestras carencias. A continuación, debemos asumir nuestra responsabilidad sobre nuestra vida, evitando quejarnos o culpar a los demás de nuestras dificultades, y para ir trabajando nuestras debilidades. En tercer lugar, debemos ponernos en marcha y actuar con coraje y determinación para mejorar como individuos, porque es el único camino para inspirar y mejorar de verdad la vida de los demás. Esa es nuestra contribución al mundo.

Así que te sugiero que pares unos minutos, que cojas un bolígrafo y una hoja en blanco, y escribas la pregunta: ¿Cómo quiero CONTRIBUIR para dejar este mundo mejor de como lo encontré? Y empieza a escribir…

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

La empresa feliz

La consultora Great Places to work realiza desde hace años una rigurosa y conocida encuesta para determinar cuales son las empresas mejores para trabajar en Europa, según los empleados, que da lugar a los premios Best Place to work. Este año han participado 1,6 millones de empleados de 2800 empresas, para que te hagas una idea de la magnitud y importancia del estudio. Puedes consultar los detalles en este link.

Para mí lo más importante no son las empresas más valoradas y premiadas, sino los elementos clave que los empleados más valoran de una empresa, o dicho de otro modo, lo que hace que se sientan felices y motivados trabajando, lo que tiene como consecuencia directa dar lo mejor de sí mismos. Es una evidencia de perogrullo que cuando los empleados de una organización están motivados y felices, son mucho más creativos, eficientes y productivos. Pero aún hay muchas compañías que no creen en esta conexión obvia, y por eso son empresas obsoletas anquilosadas en el siglo XX, y cuyos resultados no son los que podrían obtener si cambiaran su cultura. Los elementos clave son los siguientes:

  1. Flexibilidad laboral y desarrollo profesional. Los Mejores Lugares de Trabajo de Europa en 2018 crean entornos laborales que fomentan la libertad, la autoresponsabilidad y el compromiso. Factores como los programas de calidad laboral –por ejemplo, el horario flexible y el teletrabajo– o los planes de carrera, programas de formación y coaching para el desarrollo profesional continuo, programas de conciliación laboral, sistemas de apoyo a la maternidad y paternidad, la promoción del nuevo talento y las mediciones periódicas del clima laboral son esenciales para la felicidad del empleado. Todo ello reporta en mayores niveles de creatividad e innovación.
  2. Liderazgo. Es esencial, para ser un gran lugar para trabajar, el estilo de liderazgo de los directivos de la organización. La mayoría de las personas abandonan su empresa por culpa de un mal jefe. Un buen líder debe dar y pedir feedback constante, reconocer y felicitar por el trabajo bien hecho, promover la participación activa en la toma de decisiones de los equipos, desarrollar a los colaboradores a través de herramientas y habilidades de coaching, liderar con empatía e inteligencia emocional. Estas son algunas de las conductas clave de un liderazgo moderno y adaptado a las necesidades y motivaciones de las personas del siglo XXI.
  3. Inclusión y Pertenencia a un proyecto. Las personas necesitan sentirse parte de un proyecto del que sentirse orgullosos, además de una sensación de comunidad. Cuando los empleados perciben que hay camaradería y se sienten parte de un equipo que trabaja por unas metas claras y comunes, aumenta la motivación y la felicidad en el entorno laboral. Estas compañías han construido culturas donde las personas se sienten cuidadas por sus compañeros y por sus líderes, con el fin de favorecer un buen ambiente laboral. “Las organizaciones reconocidas este año en la lista Best Workplaces en Europa representan las culturas del pensamiento futuro que fomentan la inclusión para todos. Entienden que los empleados son personas ante todo y les proporcionan ambientes donde pueden ser ellos mismos, construir lazos fuertes, y crecer profesionalmente de la mano de sus compañeros”, aseguró el CEO de Great Place to Work®, Michael C. Bush.
  4. Cultura organizacional. En realidad todos los elementos anteriores forman la cultura organizacional: comportamientos y actitudes de las personas que componen la empresa, hábitos y rutinas de trabajo, formas de comunicarse, cómo son las reuniones. Obviamente, la cultura la marcan los altos directivos con el CEO a la cabeza, con lo que dicen y no dicen, con lo que hacen y no hacen. Y esa cultura se transmite en cascada al resto de la organización. Una cultura jerárquica, autoritaria, basado en lo urgente y en los resultados de negocio fomentará empleados infelices, poco comprometidos y con bajo rendimiento. Mientras que una organización con una cultura inclusiva, que fomenta la innovación (porque tolera e incluso fomenta los errores de los empleados), el liderazgo colaborativo y empoderador de sus directivos, que fomente la delegación y la autoresponsabilidad, es una cultura que genera felicidad, motivación y alta productividad.

La cultura de una empresa se puede cambiar, si la alta dirección cree de verdad en ese cambio, si lo lidera con convicción y compromiso y toma medidas concretas para llevar a cabo esa transformación. Aunque conseguir el cambio de cultura organizacional pueda llevar años, es posible con un plan estratégico a largo plazo que aborde los aspectos clave que he mencionado en el post, con hitos y planes de acción concretos en el corto y el medio plazo.

Es llamativo, por ejemplo, el nacimiento de un nuevo puesto directivo que se está imponiendo en las empresas modernas, el CHO o Chief Happiness Officer. El CHO sería el encargado de cohesionar, potenciar y hacer seguimiento de todos los planes y acciones relacionadas con la felicidad de los empleados de una empresa. Hay empresas innovadoras que ya han incorporado a un CHO, lo que me parece una decisión muy valiente. No obstante, quiero hacer un inciso con la figura del CHO. No deja de ser una persona que trabaja dentro de la organización, y cuanto más tiempo esté integrado en la empresa, menos perspectiva y objetividad tendrá de lo que necesitan los empleados. Además, es muy posible que sufra las presiones del CEO y de otros altos directivos, y que se pliegue a prioridades difíciles de compatibilizar con su verdadero cometido. Es recomendable, por tanto, que el CHO se apoye en empresas externas que apoyen sus planes estratégicos de felicidad laboral.

El CHO no debería ponerse a dar formación en mindfulness o liderazgo a los empleados de su propia empresa porque nunca va a ser visto como un profesional externo e imparcial que busca realmente el beneficio del empleado (siempre habrá una duda razonable sobre si persigue objetivos ocultos que tienen que ver con los objetivos de negocio del CEO), ni tampoco realizar procesos de coaching a sus propios compañeros, lo que va en contra del principio de confidencialidad y confianza total que caracteriza al coaching externo. El verdadero rol del CHO debe ser el de impulsar y hacer seguimiento de las acciones y planes para potenciar la felicidad de los empleados, pero buscando activamente el apoyo y el asesoramiento externo de las empresas especializadas y expertos en las distintas materias y acciones (clima laboral, coaching, mindfulness, salud, flexibilidad, etc).

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

Autoexigencia = Estrés y sufrimiento

Nos han educado para ser autoexigentes, para presionarnos y dar lo mejor de nosotros mismos. Nuestros padres y profesores, y después nuestros jefes y mentores, nos han enseñado que debemos estar alerta para competir al máximo porque de lo contrario fracasaremos y otros más autoexigentes nos adelantarán en la carrera de la vida. Y esa programación que hemos recibido en nuestro cerebro continúa durante toda nuestra vida, en el inconsciente, haciendo el trabajo de presionarnos y exigirnos más de lo que es sano y razonable. Ni siquiera nos damos cuenta de los cientos de comportamientos y actitudes que provoca la autoexigencia.

Está claro que la autoexigencia tiene y ha tenido efectos beneficiosos, nos ha obligado a salir de nuestra zona de confort, nos ha llevado a nuestros éxitos en la vida y en la carrera profesional. Esto no lo pongo en duda. La exigencia, en su justa medida, es necesaria para mejorar. Sin embargo, ¿Dónde está la justa medida? Es muy difícil de medir y controlar para evitar los efectos perversos de la exigencia.

La autoexigencia nos lleva a no valorar adecuadamente nuestros logros, a focalizarnos obsesivamente en lo que falta en nuestra vida, en lo que no está completo, en lugar de centrarnos en lo que hemos conseguido avanzar, en todo lo que hemos mejorado. Ahí comienzan los efectos perniciosos de la exigencia.

Exigencia o Excelencia. La exigencia es querer hacerlo todo perfecto desde ahora mismo (así que está anclado en el corto plazo), mientras que la excelencia no busca la perfección inmediata, sino que se centra en la mejora en el largo plazo. Cuando buscamos la excelencia, no nos importa cometer errores porque forman parte de esa mejora, mientras que cuando estamos esclavizados por la exigencia no nos permitimos los errores ni los fracasos. Eso hace que la exigencia, paradójicamente, nos impida mejorar verdaderamente en cualquier ámbito (deporte, una tarea compleja, una habilidad interpersonal) porque la esencia de la mejora continua se basa en la prueba-error. Cuando probamos conductas o acciones nuevas, estamos saliendo de la zona de confort, y aprendemos. A veces, estas pruebas resultan exitosas y otras fallidas, pero el hecho de aceptar los errores como parte del proceso de aprendizaje y mejora es clave.

Sin embargo, la exigencia nos bloquea y paraliza en un círculo vicioso en el cual no avanzamos porque nos obsesionamos con no tropezar, con evitar el error. Y por supuesto, si fallamos, la autoexigencia nos lleva a machacarnos, a castigarnos y fustigarnos sin piedad. Así que nuestro cerebro sigue potenciando el aprendizaje de que no debe probar cosas nuevas porque el simple hecho de probar supone la probabilidad del error.

Conclusión: busquemos la excelencia y no la exigencia de la perfección. La excelencia se centra en el proceso, en el camino, mientras que la exigencia se centra en el resultado a corto plazo. La excelencia tiene paciencia, la exigencia no. Y el alto rendimiento necesita paciencia.

Exigencia o Preferencia. La maestra zen Charlotte Joko Beck, autora de uno de mis libros de cabecera, “La vida tal y como es”, dice que no es lo mismo exigir que preferir. Cuando exigimos a la vida algo y no nos da lo que queremos, nos estresamos y nos desesperamos. Esa es la actitud habitual de los seres humanos, como si la vida nos debiera esto o aquello. La vida no nos debe nada y el hecho de exigir que nuestra vida sea perfecta, divertida, tranquila y placentera siempre nos hace rígidos, y nos genera un enorme sufrimiento cuando las cosas no son como esperábamos.

Charlotte dice que, por el contrario, la preferencia es normal y mucho más sana. Todos preferimos, obviamente, conseguir nuestras metas, tener una vida tranquila y feliz, que nos vaya bien en nuestras relaciones sociales, etc. Pero la preferencia no implica tensión, como ocurre con la exigencia. Cuando preferimos que las cosas sean de una manera y luego resulta que son diferentes, es normal que sintamos tristeza, enfado, frustración, pero será en una intensidad muchísimo menor que si nuestra actitud fuera la exigencia. Seremos más capaces de aceptar positivamente las adversidades y dificultades, y de relacionarnos con la vida de forma mucho más sana. Por lo tanto, si queremos vivir una vida menos estresante y con menos sufrimiento, debemos dejar de exigir, y sustituirlo por preferir.

Exigencia o petición. La exigencia se traslada inevitablemente a nuestras relaciones personales y profesionales, donde hemos aprendido a exigir, y nos hemos hecho adictos. Exigimos a nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros familiares y a nuestros compañeros de trabajo que se comporten como nosotros pensamos que es lo correcto, sobre todo si tenemos una posición de poder respecto a ellos (por ejemplo, con un hijo o con un subordinado en el trabajo). Pero ¿Quiénes somos nosotros para pensar que estamos en lo correcto? ¿Quienes somos para creer que tenemos la verdad?

Cuando exigimos, generamos tensión, conflictos, agresividad, y después la gente se aleja de nosotros, se distancia, y deja de confiar en nosotros. Por el contrario, tenemos todo el derecho a manifestar nuestra opinión, preferencias, necesidades y emociones. Y tenemos derecho a pedir un cambio de comportamiento, pero no a exigir un cambio de comportamiento.

Y ¿Cómo sabemos que estamos haciendo una petición en lugar de una exigencia? Claramente, como nos dijo el psicólogo Marshall Rosenberg con su Modelo de Comunicación No Violenta, sabemos que estamos exigiendo si castigamos (de forma obvia o sutil) a la otra persona si no cumple nuestra exigencia. Hay diversas maneras de castigar a los demás cuando no cumplen nuestras exigencias: manteniéndonos distantes emocionalmente, dejando de hablarles, o bien gritándoles, juzgándoles, culpándoles, amenazándoles o insultándoles.

Mientras, manifestando nuestra petición, si la otra persona no cumple lo que hemos pedido, no trataremos de dañarla, o vengarnos de ella. Aceptaremos que tiene todo el derecho a tomar sus decisiones y a comportarse como elija en su vida. Obviamente, si ese comportamiento nos afecta y nos produce un daño importante, tendremos que hacer algo para evitar ese daño. Nosotros también tenemos derecho a tomar nuestras decisiones y conductas, siempre que no busquemos hacer daño al otro.

Te animo, como conclusión a este post, a que reflexiones sobre estas preguntas:

  • ¿Estás exigiendo algo a la vida? ¿Qué consecuencias tiene esta exigencia?
  • ¿Estás exigiendo o pidiendo en tus relaciones personales o profesionales? ¿Qué haces si no cumplen con tus exigencias? ¿Qué consecuencias tiene?

Preferir en lugar de exigir, pedir en lugar de exigir, buscar la excelencia en lugar de la perfección. Vivirás más tranquilo y feliz, y conseguirás tus metas de forma más sencilla y sin tanto sufrimiento.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

La comunicación que soluciona conflictos

Todos tenemos conflictos en nuestras vidas o trabajos. Los conflictos son inevitables, e incluso a veces son necesarios para aclarar situaciones, resolver viejas heridas, o mejorar relaciones. Pero ¿Sabemos cómo resolverlos de forma positiva?

En general, solemos hacer lo contrario: aumentar el conflicto hasta límites totalmente innecesarios, lo que genera un gran sufrimiento y estrés en nosotros y también en los demás. El ser humano es paradójico y contradictorio, y es habitual que se haga daño a sí mismo y a sus seres queridos, consciente o inconscientemente. En primer lugar, identifiquemos algunos grandes enemigos de la resolución positiva de conflictos:

  • Orgullo mal entendido. Si crees que te han herido, tu objetivo inconfesable será vengarte y tratar de humillar o dañar a la persona que te ha herido. Tu objetivo no será resolver el problema, sino devolverle la afrenta a la otra persona.
  • Falta de empatía. Ir a resolver un conflicto en un momento poco oportuno, por ejemplo cuando la persona tiene prisa o está estresada por otros motivos. Esto es falta de empatía porque no te planteas las necesidades de la otra persona. Otro ejemplo de falta de empatía sería “vomitar” lo que quieres decirle sin haberle preguntado y escuchado antes.
  • Ideas de poder falsas. Hay determinados roles en los que confundimos autoridad con autoritarismo, respeto con poder. Por ejemplo, cuando somos responsables de un equipo, pensamos que ellos deben obedecernos y hacer lo que dice “el jefe”. De lo contrario, pensamos que no nos respetan. Otro rol en el cual nos confundimos con la idea del poder es el de padres, porque nos ponemos en un nivel de superioridad respecto a nuestros hijos, y asumimos que podemos imponerles las conductas o actitudes. Esta cultura es la del miedo, que no genera una mejora sostenible.
  • Querer tener la razón. Una vez escuché la frase “En la vida tenemos que elegir: tener razón o ser felices” y me impactó. Lo cierto que es que querer imponer al otro nuestra “verdad” es algo muy perjudicial para resolver un conflicto, ya que la otra persona también tiene su visión de la situación. Más veces de las que creemos nuestro objetivo principal es que nos dén la razón, con el único fin de satisfacer a nuestro ego.

Dicho esto, a continuación voy a exponer 5 aspectos fundamentales para comunicarnos con más efectividad e influencia, de manera que podamos resolver y prevenir nuestros conflictos vitales de un modo productivo y positivo.

  1. Elige un buen momento para ti (en el que estés sereno/a y tranquilo/a) y sobre todo, comprueba que es un buen momento para la otra persona para hablar y abordar el conflicto. Incluso pregúntale “¿Es un buen momento para hablar?” Si te dice que no, acéptalo y pregúntale cuando podéis hablar. Esto es demostrar empatía.
  2. Evita totalmente los reproches, juicios, culpabilizaciones o ataques personales. Lo único que vas a conseguir es que la otra persona se cierre y bloquee su escucha a lo que quieras decirle en el futuro. Nunca vas a resolver un conflicto con esa estrategia. Más bien al contrario, vas a empeorarlo, muchas veces dañando la relación con esa persona de forma irreversible.
  3. Plantea los hechos, de forma lo más objetiva posible, y verifica con la otra persona su versión de los mismos hechos, para llegar a un entendimiento y a un acuerdo sobre ello. Si hay algo en lo que tengáis perspectivas distintas, manifiesta tu respeto sobre su visión sin dejar de exponer la tuya.
  4. Mantén siempre presente tu objetivo de resolver el conflicto. Es fácil enredarse cuando la otra persona reacciona de forma agresiva y empieza a dispararnos con ataques personales o reproches. La clave para mantener el control emocional es recordar en todo momento qué quieres lograr con esa comunicación. ¿Es vencer al otro? ¿Es humillarle? ¿Es demostrarle que tienes razón? ¿O es entenderte con ella y llegar a acuerdos con los que os sintáis cómodos ambos?
  5. Interésate por las necesidades y emociones de la otra persona. Normalmente cuando estamos enfadados con alguien lo único que creemos que debemos hacer es manifestar nuestro enfado criticando a la otra persona. Y no nos preocupamos en absoluto de sus motivaciones y sentimientos, lo cual es esencial para que derribe sus barreras y desactive su actitud defensiva y agresiva. Escucha, escucha y escucha.

Hay muchas personas que confunden la agresividad con la asertividad (o lo que es lo mismo, la sinceridad empática). Ser agresivo es decir lo que piensas aunque no sea el momento adecuado, aunque sea gritando, aunque sea juzgando y reprochando al otro. Mientras que ser asertivo o empáticamente sincero es decir lo que piensas, necesitas y sientes de forma clara pero sin juzgar ni atacar a la otra persona, buscando el momento adecuado para la otra persona, sin gritar ni elevar el tono de voz, y por supuesto, interesándote por entender su “versión” de los hechos, sus necesidades y emociones.

Mi recomendación es que no intentes cumplir a la perfección con todo esto desde el primer momento, sino darte la oportunidad de ir mejorando poco a poco tu comunicación, aprendiendo de los errores que sin duda vas a seguir cometiendo. Lo peor de todo sería convertirte en un cínico que piensa que hay que decir las cosas tal cual las pensamos sin ningún tipo de filtro, y que lo planteado en este artículo es hipocresía o tonterías que están de moda.

Sin duda, si esa es “tu verdad” vas a sufrir mucho, y vas a hacer sufrir mucho a los demás. Y poco a poco, notarás cómo cada vez más personas de tu vida o trabajo, algunas de ellas las más importantes, se van progresivamente alejando de ti, dejando de contarte sus cosas, y manteniendo una distancia prudencial. En ese momento, te habrás quedado solo/a, aunque ni siquiera te des cuenta ni entiendas por qué.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

5 claves para escuchar de verdad

¡Qué poco escuchamos a los demás! ¡Cuanto déficit de escucha hay en nuestra sociedad! Y sin embargo, es una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar en nuestra vida. Repasemos en primer lugar sus enormes beneficios:

– Captamos la información importante, lo cual nos lleva a tomar mejores decisiones.
– Detectamos oportunidades que si no escuchamos pasarían por delante de nosotros sin darnos cuenta.
– Promovemos el trabajo en equipo y la colaboración con los demás, porque las personas quieren trabajar con nosotros.
– Entendemos mejor las necesidades de los otros, y por lo tanto, sabemos cómo cubrirlas más efectivamente.
– Si escuchamos de verdad a una persona, estará más dispuesta a escuchar nuestros argumentos y necesidades.
– Nos convertimos en personas más influyentes, tanto en la vida personal como en el trabajo.
– Potenciamos nuestra capacidad de liderazgo.

¿Y entonces por qué no nos esforzamos más por escuchar de forma profunda y atenta? Porque hay diversos elementos que nos distraen, tanto externos como internos. Y quizá porque no somos conscientes del impacto positivo que provocaría en nuestra vida y en nuestra carrera profesional el hecho de desarrollar esta habilidad de la escucha atenta.

Todos hemos experimentado, o lo experimentamos a diario, cómo tratamos de explicar algo a un amigo, a un compañero de trabajo, o incluso a nuestra pareja, pretendiendo que nos escuchen, y terminamos frustrados, tristes o enfadados porque no nos sentimos escuchados. Y es que el sentirse escuchado es una necesidad humana básica y común de todos. Debemos tener siempre muy presente esto: que estamos satisfaciendo una profunda necesidad humana de los demás. De ahí que aumente enormemente nuestra capacidad de influencia y liderazgo.

Pero ¿Cuales son las 5 claves más importantes a la hora de escuchar de verdad a los demás? A continuación te las expongo:

  1. Cuando escuches, sólo escucha. No te pongas a hacer tareas, ni mirar el móvil ni teclear en el ordenador. Todo eso lanza un mensaje nefasto a la otra persona, que interpreta que no te importa nada lo que te está contando, y pierde interés en compartir contigo sus reflexiones o necesidades no sólo ahora, sino para sucesivas ocasiones. La gente deja de acudir a ti para pedirte ayuda, consejo, porque sabe que no la vas a escuchar. Por tanto, escucha sin hacer otras cosas, escucha con toda tu atención y concentración.
  2. Elimina el ruido mental interno. El ruido mental interno es uno de nuestros principales enemigos, porque nuestra cabeza nunca para. El ruido mental implica tus pensamientos, preocupaciones, y también tus juicios, prejuicios y asunciones. Sin darte cuenta, tu mente rápidamente está pensando en otra cosa, y ya has dejado de escuchar. Y cuando prejuzgas, contaminas el contenido de lo que te están contando, y por tanto, terminas escuchando lo que quieres escuchar, no la auténtica información que te están dando. Recuerda, si tu mente está en otro sitio, aunque trates de disimular o asentir con la cabeza, los demás van a notar que no estás presente, que no estás escuchando de verdad. Y su opinión sobre ti se va a volver muy negativa, porque pensarán que no eres una persona centrada, equilibrada emocionalmente, o que eres alguien egocéntrico y poco empático.
  3. Conecta con el ser humano. Evita una escucha robótica, intentando comprender sólo a nivel racional el contenido de lo que te están contando. Ve más allá, interésate por el ser humano, trata de conectar con él, con sus necesidades y emociones. Se trata de una escucha no sólo cognitiva, sino emocional. Este tipo de escucha es la que moviliza a las personas, genera empatía e influencia en los demás, y promueve la colaboración.
  4. No interrumpas. Somos muy impacientes y ansiosos. La prisa y velocidad con la que hacemos todo la llevamos a la escucha, y no somos capaces de esperar a que terminen de hablar. Por tanto, nos impacientamos y empezamos a interrumpir, lo que demuestra una falta total de empatía y de interés por la otra persona. Hay una frase que muestra la esquizofrenia que inunda nuestra sociedad. “Me molesta que me interrumpas cuando te estoy interrumpiendo”.
  5. No dés tu opinión o consejos hasta que no te lo pidan. Nos precipitamos demasiado rápido a dar nuestra opinión, consejo, o a contar nuestra batallita (“Pues a mí me pasó también eso, y fue aún peor…”). Es como si quisiéramos coger el protagonismo de la conversación, o demostrar lo listos y experimentados que somos. El mensaje que estás dando es que eres un egocéntrico, y no te interesa lo que te cuenta la otra persona, sino sólo lo que tú dices o quieres demostrar.

Recuerda: los demás perciben rápidamente cuando no les estamos escuchando con interés. Aquí no vale con aprender una técnica y tratar de disimular y fingir que estoy escuchando, porque los demás se van a dar cuenta, no lo dudes. Si quieres obtener los beneficios enormes de una escucha atenta y empática, que enumeré al principio, no queda otra que entrenar esta habilidad día tras día, en todas las ocasiones que tenga, para ir mejorando y mejorando. Y para ello, puedes centrarte cada semana en una de las 5 claves que he mencionado, para ir entrenando cada semana un aspecto de la escucha plena. No sólo vas a notar el impacto positivo en tus relaciones con los demás, sino también en el trabajo, donde serás una persona más influyente, a la que la gente toma muy en cuenta y escucha con interés sus opiniones. Por tanto, más escucha, más éxito.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

El feedback en “MasterChef”

El mes pasado impartí una formación para casi 50 Managers de una organización sobre “Líder-Coach” (habilidades de coaching para mejorar su liderazgo). En dicha formación uno de los temas que trabajamos fue cómo dar y pedir feedback efectivo con su equipo, pares, jefes. Las 4 reglas demostradas del feedback efectivo son las siguientes:

1. Descriptivo, no evaluativo. El objetivo de un buen feedback es proporcionar información objetiva, no emitir juicios subjetivos. Este es, según mi experiencia, lo más difícil de conseguir ya que los seres humanos somos máquinas de emitir juicios. Sin embargo, los juicios, cuando son negativos, generan tensión y resistencia, y destruyen la autoestima y la autoconfianza.

2. Frecuente y regular. Debe formar parte del día a día, de la comunicación constante entre Manager y colaborador, para fomentar la mejora continua. No es útil ni efectiva la típica entrevista de evaluación de desempeño, que en la mayoría de las empresas se realiza sólo una vez al año. Esto no sirve de nada.

3. Focalizado en el comportamiento y no en la identidad. Debemos evitar frases como “Tú eres…” porque las personas, cuando damos un feedback negativo dirigido a la identidad, se sienten atacadas. El feedback, siempre enfocado en la conducta.

4. Observable, dando ejemplos concretos para ayudar a entenderlo. Lo mejor para evitar una discusión estéril de quien tiene razón es proporcionar ejemplos reales de situaciones en las cuales la conducta se ha puesto de manifiesto.

Este feedback es efectivo porque consigue el objetivo principal: ayudar a la persona a que libere todo su potencial, a crecer, a aumentar su autoconfianza, su autoestima, lo que le llevará a mejorar su desempeño. Y por supuesto, sólo puede funcionar de verdad cuando es bidireccional. Es decir, cuando el Manager pide proactivamente feedback a su equipo, y lo acepta y agradece, además de intentar trabajar en mejorar los aspectos débiles.

Ahora va mi reflexión. Ayer vi el programa de TVE “MasterChef” (he visto gran parte de los anteriores programas de esta temporada) y volví a quedarme perplejo respecto al feedback que proporcionan los Chefs del programa (Pepe, Jordi y Samanta). Totalmente contrario a los parámetros mencionados anteriormente. Todo son juicios subjetivos, la mayoría negativos y destructivos, sin poner ejemplos concretos, sin mencionar conductas observables (“Esto es una guarrada” “Este plato es propio de MasterChef Junior” “El sabor está malo” son ejemplos de este tipo de feedbak poco concreto y destructivo). La mayoría de las veces ese pseudofeedback se dirige a la identidad de la persona, y en no pocas ocasiones es agresivo, humillante y burlón (anoche uno de los concursantes mencionó que parecía que los Chefs se estaban riendo de ellos, y no le faltaba razón). No es de extrañar que en el programa de anoche terminaran llorando varios concursantes.

No sólo eso, se permiten en numerosas ocasiones amenazar a los participantes con represalias (como ayer) y encima, no permiten que los concursantes les den feedback negativo a ellos como maestros (sólo admiten que les muestren servilismo y admiración), porque por supuesto ellos (así lo demuestran con su conducta) están por encima del bien y del mal. Esto lo que fomenta es un entorno de miedo, en lugar de un entorno de confianza. Y el aprendizaje surge, sin duda, en un entorno de confianza, nunca de miedo.

¿Qué pensaríamos si los profesores de nuestros hijos les dieran ese tipo de feedback en el colegio?  Desde luego, sería totalmente intolerable y probablemente les cambiaríamos de colegio. Ese tipo de feedback humillante, arbitrario, sin ninguna consideración y falto de concreción, es el que proporcionan los Chefs del programa de TVE “Masterchef”. El programa, aparte de este aspecto, me parece muy pedagógico y divertido, pero no debemos olvidar qué es lo que está proyectando al exterior. Me imagino que el espectáculo y el morbo es lo más importante y es prioritario sobre cualquier otra cosa. Pero no creo que sea un buen ejemplo para mostrar, máxime si es desde una televisión pública.

En el programa de ayer, además de este deplorable feedback que destruye la autoestima y la motivación de las personas, y que en absoluto las ayuda a crecer, se fomentó la competitividad insana, a través de pruebas en las que se logró generar mal rollo entre los propios concursantes. Todo ello está muy lejos de fomentar valores como el trabajo en equipo, el respeto, la buena educación y el feedback constructivo. Hubo, para ser justos, excepciones positivas, como cuando los Chefs animaban a los concursantes a probar su propio plato, o cuando les preguntaban directamente qué opinaban de su plato o del plato de un compañero. Pero en general, la tónica fue muy destructiva. De todas formas, MasterChef no es el único ni el primer programa de televisión que fomenta ese tipo de comportamientos y actitudes agresivas. Ni será el último.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

Las 10 causas que desmotivan a los equipos

Este año seré uno de los ponentes de Expocoaching, la Feria más importante sobre el sector del coaching que se celebra en España. Será el próximo sábado 25 de abril sobre las 12.30 h. cuando impartiré la conferencia “Coaching de equipos de alto rendimiento”. Después de la conferencia, firmaré ejemplares de mi último libro “El hombre que se atrevió a soñar”.
Reflexionando sobre los equipos de alto rendimiento he recopilado las 10 causas que desmotivan a los equipos, y que les impiden obtener los resultados extraordinarios que podrían llegar a lograr. Esta recopilación está basada en la experiencia directa que he vivido con equipos reales y profesionales a los que he acompañado a lo largo de los últimos 10 años, a través de coaching y otras acciones de desarrollo. Los propios equipos son los que me han transmitido qué les faltaba, qué necesitaban, qué les desmoralizaba, desesperaba o enfadaba. Repasemos las 10 causas principales:

  1. No hay una visión conocida y compartida.
  2. No se reconoce el esfuerzo, el trabajo bien hecho, los pequeños logros.
  3. No hay desarrollo profesional.
  4. No se permite opinar con libertad ni se promueve la participación en las decisiones.
  5. No hay autonomía para tomar decisiones (No se delega).
  6. No hay interés por la parte humana de los profesionales (necesidades, inquietudes, conciliación vida personal…)
  7. Falta de flexibilidad (horarios, forma de trabajar).
  8. Falta de comunicación constante de decisiones, acciones, visión, valores.
  9. Pérdida de tiempo (reuniones eternas o sin convocar, demasiados e-mails…)
  10. Personas tóxicas, conflictivas, agresivas o quejicas.

Las personas que forman los equipos necesitan un rumbo motivador hacia el que avanzar, necesitan sentir que las tareas que realizan contribuyen a algo valioso, quieren sentirse importantes y valiosos. Por tanto, cuando no se les da espacios para aportar su creatividad, para opinar, para tomar decisiones con autonomía, se desenganchan del proyecto empresarial. Cuando no ven caminos para aprender y desarrollarse como profesionales, o no se les comunican las informaciones y decisiones importantes de la empresa, dejan de comprometerse con ella y sus directivos.

La visión, misión y valores no son frases bonitas para exponer en la página web, o para cumplir con el protocolo de empresa responsable y profesional. Es mucho más. La visión y misión debe ser una herramienta fundamental, permanentemente comunicada, recordada y aterrizada en acciones y decisiones, así como los valores, que deben concretarse en conductas y actitudes específicas de los profesionales en el día a día. De lo contrario, sólo son palabras tan bonitas como superficiales.

Quizá estás en otra situación: crees que tus profesionales están motivados y contentos, y sin embargo, no es así. Quizá porque nunca te has preocupado de generar espacios donde puedan expresarse con total tranquilidad. O les has preguntado pero no dicen nada negativo, tal vez porque no hay confianza, quizá porque tienen miedo a hablar.

Si eres un responsable de un equipo, o el director general de una compañía, por favor reflexiona con honestidad y autocrítica sobre los 10 puntos, para ver en qué estás fallando tú o los directivos de tu empresa. Te pido que no culpes a la gente, no descargues la responsabilidad en tus profesionales, sino que asumas la parte de responsabilidad que tienes en esta situación, y que comiences a tomar decisiones y acciones con el fin de resolver los puntos que estén desmotivando a tus empleados. Al fin y al cabo, tú y tu empresa también estáis pagando las consecuencias ¿No?

Si te interesa seguir profundizando en los equipos de alto rendimiento, ven a mi conferencia en Expocoaching, donde compartiré más claves y herramientas para potenciar la productividad de los equipos, para aumentar su motivación y sus capacidades, con el fin de alcanzar resultados extraordinarios. Si te interesa el desarrollo personal y profesional, no te puedes perder Expocoaching! Anímate y compra tu entrada. Te espero!

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor.

Los 10 libros que me cambiaron la vida

Este es un post muy especial. Hoy quiero compartir los 10 libros que han cambiado mi vida en los últimos 8 años. Los 10 libros sin los cuales yo no sería quien soy. Estos libros me han ayudado a ampliar mi visión del mundo, a entender con más claridad la vida, a descubrir los mecanismos ocultos que sustentan las relaciones, a conocer las claves de vivir con plenitud, y también los conceptos fundamentales para alcanzar nuestras metas y sueños.

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Tengo que decir que ha sido realmente difícil elegir sólo 10, ya que hay otros muchos libros extraordinarios que se han quedado, por poco, fuera de esta lista Top Ten, como El poder del ahora o Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva. Pero había que elegir.

La lista es un homenaje a estos autores y libros únicos, y al mismo tiempo, una manera de compartir contigo mis descubrimientos y aprendizajes más valiosos durante los últimos 8 años, esperando que alguno de estos libros te aporte tanto como me han aportado a mí. Aquí va mi regalo para ti:

1. Coaching para el éxito; de Talane Miedaner.
Un libro sencillo, ameno, práctico, pero con un profundo carácter transformador. Fue el libro con el que conocí y me apasioné por el coaching, y que convertí en mi profesión desde hace 8 años. Cuando leí este libro maravilloso, supe que esa era mi vocación,  en un momento crítico de mi vida, en que estaba perdido y desorientado desde el punto de vista personal y profesional. Así que, nunca mejor dicho, este libro me salvó la vida.

2. La vida tal como es; de Charlotte Joko Beck.
Nunca he leído un libro con tanta sabiduría, con tanta claridad sobre el sentido de nuestra vida, sobre cómo afrontar el sufrimiento, nunca un libro me enseñó tanto sobre cómo vivir una vida plena. El título lo dice todo: la vida tal como es, desprovista de falsas expectativas y engañosas ilusiones, que es muy diferente al concepto erróneo que tenemos de lo que debería ser la vida, a la que pedimos y exigimos tanto, causa de todo nuestro sufrimiento. Descubrir las ideas simples y esenciales de esta maestra Zen me han ayudado a afrontar y superar los peores momentos de mi vida.

3. Controle su destino; de Anthony Robbins.
Un libro fundamental con el que derribé muchas creencias limitantes sobre mí mismo, y que me ayudó a descubrir el potencial que tenía dentro. Robbins me hizo atreverme a marcarme metas y sueños ambiciosos y motivadores, que se han convertido en una brújula esencial en mi carrera profesional desde hace años. En su momento me ayudó decisivamente a creer y confiar en mí mismo, a descubrir el oro que tenía escondido en mi interior, y a sacarlo a la luz. Visto en retrospectiva, en los últimos 8 años he conseguido metas y sueños que jamás imaginé que lograría, y una parte muy importante se lo debo a este libro y sus rompedoras ideas.

4. La rueda de la vida; de Elisabeth Kübler Ross.
La autora de esta apasionante autobiografía fue una famosa psiquiatra que dedicó su vida a cuidar a las personas en la última fase de su vida, es decir, cuando eran enfermos terminales. El libro, lejos de ser negativo o tétrico, es un canto a la vida. Nadie nos puede enseñar más sobre la auténtica vida que un enfermo terminal, ya que en ese momento se focaliza en lo esencial, en perdonar, en aceptar, en vivir el presente. La vida de esta psiquiatra y sus enseñanzas me impactaron muchísimo, y me di cuenta de que debemos dedicar nuestra vida a lo que de verdad nos importe, porque esa es la única forma de vivir con significado y pasión.

5. Zen, un camino hacia la propia identidad; de Enomiya Lassalle.
El zen ha sido, junto con el coaching, la disciplina que más ha transformado mi vida y a mí mismo. El zen me enseñó a vivir en el aquí y ahora, a apreciar el presente, a dar las gracias, a “ver” con claridad, a focalizarme en lo importante, a calmar mis tormentas interiores, a superar mis miedos más terribles. He leído muchos libros sobre zen, pero elijo el de Lassalle por ser un ejemplo excelente de fusión y convivencia entre la cultura oriental y la occidental. El libro es un profundo viaje hacia nuestra auténtica identidad, al conocimiento de quienes somos, y para qué estamos aquí.

6. Amar lo que es; de Byron Katie.
El libro y la metodología de Byron Katie me influyeron enormemente, quizá porque su método de las 4 preguntas tiene mucho de coaching, y mucho de zen. Byron Katie me ayudó, desde otra óptica, a entender la diferencia entre dolor y sufrimiento, y eso tan difícil que es aceptar las cosas tal cual son, a las personas tal cual son, a mí mismo tal y como soy. A través de cuestionar sistemáticamente mis pensamientos, y distanciarme de ellos, logré entender y manejar muchos de los conflictos que tenía conmigo mismo y con los demás, y eso me ayudó a asumir la responsabilidad de mis decisiones.

7. Comunicación no violenta; de Marshall Rosenberg.
Este libro, y el método de Comunicación no Violenta, me parece un monumento que debería ser declarado patrimonio de la humanidad. Marshall Rosenberg es uno de los grandes líderes de nuestro siglo, un hombre sencillo que creó esta increíble metodología para comunicarnos con nosotros y con los demás de forma sincera y humana, mostrando y escuchando nuestras emociones y necesidades, dando lo mejor de nosotros. Gracias a él, he resuelto algunos conflictos en mi vida que me parecían imposibles de resolver.

8. El camino del kaizen; de Robert Maurer.
Cuando leí este libro, me fascinó inmediatamente la magia del kaizen para alcanzar nuestras metas de forma simple y rápida, superando el miedo y saliendo de nuestra zona de confort. He aplicado el Kaizen en mi vida y en mi trabajo en numerosas ocasiones, y he podido experimentar la eficacia y belleza de esta metodología de origen japonés para superar nuestras barreras, y convertirnos en mejores profesionales y personas, pasito a pasito. Gracias al Kaizen, logré escribir mis libros, y he consolidado hábitos positivos en mi vida como la práctica de la meditación diaria, una alimentación más equilibrada, ejercicio físico regular, etc.

9. El hombre en busca de sentido; de Viktor Frankl.
Otro libro que debería considerarse patrimonio de la humanidad. Porque el ser humano debería agradecer a Frankl haber compartido su experiencia en los campos de concentración nazis, y lo que descubrió sobre el ser humano. En concreto, la grandeza del hombre, y la certeza de que nadie nos puede quitar la libertad interior de elegir nuestra actitud ante cualquier circunstancia. El libro me ha ayudado a asumir mi responsabilidad en los momentos duros, y también me enseñó que siempre debemos marcarnos un sueño, una visión personal, para caminar por el mundo dando lo mejor de nosotros.

10. Padre rico, padre pobre; de Robert T. Kiyosaki.
Puede sorprender el libro de Kiyosaki en esta lista que podríamos calificar como una lista con tendencia a lo espiritual. Sin embargo, esta obra tiene mucha más profundidad de lo que parece, y me enseñó algo impagable como es la inteligencia financiera, es decir, cómo manejar el dinero de forma más productiva y consciente. Es una asignatura que deberían enseñar en los colegios desde Educación Primaria. A mí me ha servido enormemente para olvidarme de los problemas y agobios económicos, y para eliminar ideas falsas y limitadoras sobre el dinero. Definitivamente, es un libro que me ha influenciado muchísimo, y que me ha hecho tomar muchas decisiones financieras vitales para mi vida personal y profesional.

Debo reconocer que este viaje por los 10 libros que más han cambiado mi vida ha sido apasionante y mágico, porque me ha permitido volver a degustarlos, a conectar emocionalmente con las enseñanzas y descubrimientos increíbles que me han regalado. Te invito a que elijas uno de ellos y cuando lo hayas leído, me escribas un comentario en Twitter o aquí en mi blog. Estaré encantado de escuchar tu opinión.

¿Quieres conocer mis Cuentos cortos motivacionales? Descárgatelos de forma gratuita en este link: http://www.execoach.es/portfolio-item/cuentos-cortos/

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor. http://www.javiercarril.com

 

Asertividad y empatía: mejora tu comunicación

Muchas personas no tienen del todo claro qué es la asertividad. Lo he comprobado en varias ocasiones, por ejemplo recuerdo un directivo al que hice coaching que decía que él era muy asertivo, porque decía las cosas muy claras. Esto no es exactamente ser asertivo.

Decir las cosas claras es importante, no es nada positivo callarse ante lo que consideramos injusto o erróneo. Esta actitud o forma de comunicarnos se denomina pasividad, que tiene consecuencias nefastas sobre todo para uno mismo. Pero decir las cosas claras a veces resulta ser muy agresivo, dependiendo de en qué momento o lugar lo digamos, o del estado de ánimo en el que estemos en el momento de decirlo. Por tanto, la asertividad no es decir las cosas claras.

Vamos a definirlo correctamente. La asertividad es la capacidad de decir y expresar mis opiniones, necesidades y emociones de forma clara, respetando las necesidades, emociones y  derechos de la otra parte. Para ser asertivo debemos pararnos antes de comunicar algo difícil, evaluando si es el momento o lugar más adecuado para la otra persona, y también tratando de adivinar cómo recibirá nuestra comunicación el otro, cómo se sentirá cuando yo se lo transmita.

Si has prestado atención al anterior párrafo, te habrás dado cuenta de que estamos hablando de empatía. Empatía es coloquialmente, “ponerse en los zapatos del otro”, o sea, la capacidad para tener en cuenta al otro e interesarnos realmente por sus necesidades y emociones cuando vamos a comunicarle algo. Para ser asertivos en la comunicación, debemos ser empáticos obligatoriamente. Si no cumplimos esta segunda parte, si no prestamos atención a cómo puede sentirse la otra persona o cual puede ser la mejor forma de comunicarle algo, entonces nuestra comunicación será percibida como agresiva.

La asertividad y la empatía son dos caras de la misma moneda. Es imposible ser asertivo sin ser empático, y es imposible que una persona empática resulte agresiva. Así que sí, debemos decir las cosas claras, pero pensando en la otra persona con verdadero interés, para si es necesario, adaptar nuestra comunicación a “su momento”, a “su necesidad”, a “sus sentimientos”. Esto no es disfrazar o envolver una comunicación difícil hasta hacerla irreconocible y que incluso no llegue a entenderse. Esto sería, una vez más, pasividad, no asertividad. El asertivo es empático, pero no condescendiente ni temeroso de decir lo que piensa, necesita y siente. El asertivo es firme, pero no agresivo.

La mayoría de los conflictos humanos, tanto en el ámbito laboral como en el personal, son debidos a una mala comunicación. La mala comunicación puede ser por dos motivos:

  • Falta de comunicación. Es decir, pasividad, no se dicen las cosas que es necesario decir.
  • Comunicación agresiva. Se dicen las cosas pero sin empatía, sin filtros, generando violencia y resentimiento.

La asertividad sería por tanto, el punto de equilibrio que, como de costumbre, es difícil de alcanzar, sobre todo cuando nos sentimos frustrados, enfadados o indignados con la otra persona. Por eso, para ser un comunicador asertivo necesitamos también ejercitar el autocontrol emocional, porque de lo contrario podemos dañar para siempre la relación con esa persona, y seguramente vamos a arrepentirnos durante mucho tiempo de nuestra reacción descontrolada.

Cuando no nos comunicamos con asertividad, y usamos alguno de los otros dos estilos de comunicación (pasivo o agresivo) vamos a pagar un precio muy alto en nuestro trabajo o en nuestra vida. Vamos a dañar a los demás y a nosotros mismos. Y no vale decir “Es que soy así, es que es mi carácter y no puedo evitarlo”. Esto es una excusa banal para escapar de nuestra responsabilidad. La asertividad y la empatía, si se tiene verdadero interés, son habilidades que se pueden aprender y desarrollar con el tiempo.

Y ahora, pregúntate.

  • ¿Hay alguna situación o relación en la que te estés callando cosas que necesitas expresar?
  • ¿Estás expresando demasiado agresivamente tus necesidades y opiniones, sin tener en cuenta cómo se siente la otra parte?

Entonces, es hora de empezar a cambiar y a mejorar tu comunicación.

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JAVIER CARRIL. Conferenciante, Coach y escritor. http://www.javiercarril.com

 

Sustituir el “No puedo” por el “¿Qué necesito?”

Cuando trabajo con mis clientes en un proceso de coaching tarde o temprano surgen de forma directa o camuflada las frases “No puedo conseguir mis objetivos” o “Es muy complicado” o “No sé qué tengo que hacer para avanzar en mi vida profesional”.  En definitiva, el foco de la mayoría de las personas está en lo que le falta, y sobre todo en decirse a sí misma que no puede.

Este planteamiento bloquea toda posibilidad de actuar o avanzar. Primero porque va hundiendo a la persona en el desánimo y la frustración, deteriorando su seguridad y autoestima. Segundo, porque no se plantea específicamente qué cualidades necesita mejorar, ni qué aliados o recursos necesitaría para alcanzar esos objetivos.

Algo mágico sucede cuando una persona, en las primeras sesiones, cambia su forma de comunicarse consigo misma, y empieza a preguntarse: “¿Cómo podría conseguir mis objetivos?” 0 “¿Qué necesitaría mejorar, cambiar, potenciar o eliminar?”. Y es mágico porque un simple cambio de foco transforma toda su realidad.

Cuando cambiamos la forma de pensar y de dialogar con nosotros, cambia la percepción que tenemos de nuestra realidad. Y cuando esto sucede, transformamos también la realidad misma. Porque la realidad es lo que queramos ver de ella, ni más ni menos. No hay una verdad suprema, irrefutable y total, no hay una única realidad. La realidad la creamos nosotros.

Esto te lo puedo decir desde mi experiencia personal. Desde hace 6 años, cuando incorporé y utilicé en mí mismo las técnicas de coaching, todo empezó a cambiar en mi vida. Comencé a ganar seguridad, claridad, confianza y positivismo. Y después de esos 6 años, mi realidad se ha transformado drásticamente. Mejor dicho, yo he transformado mi realidad.

Lo mejor de pasar por un proceso de coaching es que te enseña a pensar y dialogar contigo mismo de forma mucho más efectiva. El coaching te enseña a situarte en un nivel de conciencia y aprendizaje superior, lo que hace que tú mismo aprendas a transformar tu realidad en el día a día, incluso cuando tu coach ya no esté a tu lado.

Empieza por eliminar tu diálogo interno improductivo, con los “No puedo” o “Es imposible”. Y sustitúyelos por “¿Cómo podría hacerlo?” o “¿Qué necesitaría hacer o cambiar para conseguirlo?”o “¿Cuándo me gustaría lograrlo?”. Te recomiendo que en los primeros meses cuentes con un coach para este fantástico cambio, porque sin su apoyo va a resultar mucho más difícil. Te aseguro que, igual que en mi vida, en la tuya habrá un antes y un después.

JAVIER CARRIL. Coach, conferenciante y escritor. Visita mi web: http://www.zencoaching.es/
Autor de los libros DesESTRÉSate, Ed. Alienta, 2010…y Zen Coaching, un nuevo método para potenciar tu vida profesional y personal, ed. Díaz de Santos, 2008.